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Esta es la Temporada 1 de la novela de drama y suspenso Campamento de verano, escrita por el usuario Friedrich Fritz. Está protagonizada por Lorenzo Ferro, Ángela TorresStefanía Roitman, Gabriel Gallicchio, Minerva Casero y Facundo Gambandé, con la participación especial de Nicolás Furtado y Florencia Peña.

ElencoEditar

PrincipalesEditar

SecundariosEditar

Capítulo 1: La LlegadaEditar

A veces me imaginaba que me estaba ahogando en un río, pero no por accidente. Yo era el que había decidido ahogarse, y tenía el control sobre la situación. En cualquier momento sabría cómo detenerme. Eso era lo que más me gustaba: tener el control.
A diferencia de mis sueños, en este momento yo no tenía el control. De hecho, en ningún momento era capaz de tenerlo, pues mi personalidad pasiva no me permitía hacerlo. Y mi madre se encontraba a mi lado mientras esperábamos el ómnibus junto a los demás muchachos. Ella pensaba que la idea de que yo pasara los días de verano en un campamento resultaría en una mejora en mi comportamiento, y no había nada que yo pudiera hacer.
— ¡Muy bien, armen una fila para que les pueda tomar la asistencia y que puedan subir al bondi! —exclamó Martín, uno de los encargados de este descenso al infierno. Él era un hombre de más 30 años, musculoso y atractivo. Mentiría si dijera que no había fantasiado con él en alguna ocasión, pero el hecho de haber sido mi profesor de Educación Física por tres años seguidos me echaba para atrás.
— ¡Dale, amor, andá vos! —dijo mi madre, sacándome de mis pensamientos para luego darme un abrazo y un beso. —Cuidate, y acordate que te quiero —se despidió con una sonrisa alegre y triste a la vez.
Sin más opciones, me acerqué a la fila y me coloqué detrás de una chica de cabello castaño claro que se encontraba utilizando su celular. Las reconocía, pues las había visto con anterioridad en el liceo, pero no sabía sus nombres.
—Boluda, largá ese celular que nos van a cagar a puteadas —le dijo una chica rubia y más que se encontraba delante de ella.
—Mejor, a ver si de una vez me expulsan de este inmundo campamento —respondió la otra chica de forma sarcástica.
—Ni siquiera lo empezamos —mencionó la rubia cruzándose de brazos. —Además, puede haber algún pibe que te guste —agregó, sonriendo de forma pícara.
— ¡Cecilia Suárez! —exclamó Martín, haciendo que la rubia reaccione y responda "Presente". Ese era su nombre.
Martín se acercó a ella, para luego observar a la chica de pelo castaño que estaba a su lado.
—Y tú sos... —titubeó para luego ser interrumpido por ella.
—Sofía Rodríguez, señor. Escritora de día, asesina de noche —se presentó, sin dejar de lado el sarcasmo.
—Ah, ¿y a quién matás? —le preguntó Martín con una sonrisa, siguiéndole el juego.
La chica se tomó unos segundos para responder.
—A mis sueños y esperanzas —respondió, haciendo Martín suelte una ligera carcajada.
—Me caíste bien, Sofía, solo te pido que largues esa cara de culo y le pongas onda —dijo Martín, sonriendo, echándole una palmada en el hombro para luego dirigirse hacia mí.
—Y vos... Alexis González —pronunció mi nombre.
—Presente —respondí sin ganas.
—Así que tu mamá te convenció de venir, eh —mencionó, sonriendo.
—No diría “convencer”, más bien fue “obligar” —expliqué.
—Lo importante es que estás acá, así que aprovechá este campamento para reflexionar y embriagarte de naturaleza —dijo, sonriendo mientras me daba una palmada en la espalda, para luego dirigirse hacia otro campista.
—Está divino —soltó la chica que se llamaba Cecilia repentinamente.
Tanto la chica llamada Sofía como yo la observamos con intriga.
—Sí, vas a tener que aguantarla hablar de vergas, tetas y culos todo el día —mencionó Sofía una vez se dirigió a mí.
—Mientras no hable de mi culo y mi verga, todo bien —respondí, intentando sonreír para parecer "amigable".
— ¿Y de tus tetas puedo? —preguntó Cecilia, emocionada.
La observé con disgusto, negando con la cabeza.
— ¿Conocés a ese tipo? —me preguntó Sofía, cambiando de tema.
—Sí, fue mi profesor de Educación Física desde primero hasta tercero. Y además es amigo de mi madre... —expliqué, fastidiado.
— ¡¿Tres años seguidos?! —preguntó, sorprendida.
—Sí, aunque no es mala persona... Solo es muy pesado —expliqué. No era mi intención hablar mal de Martín, sobre todo porque gracias a él no terminé en el abismo.
Rápidamente Martín terminó de pasar la lista, llamándonos a todos para subir al ómnibus uno por uno.
Cuando finalmente subí, observé los asientos en busca de algún lugar solitario para sentarme, pero aquellas dos chicas me llamaron para que me sentara a su lado.
Lo pensé dos veces, hasta que finalmente decidí negarme y buscar otro asiento en donde poder estar a solas con mi música y mis pensamientos. Una vez me senté, saqué mis auriculares para ponérmelos en mis orejas y comenzar a escuchar las tristes melodías a las que estaba acostumbrado.
Debido al volumen alto, no me había dado cuenta de quién había sido la última persona en subir al ómnibus hasta que finalmente se acercó a mi asiento y me obligó a sacarme los auriculares.
Lo observé con perplejidad, mientras éste me saludaba con alegría.
— ¡Alexis, tanto tiempo! —exclamó Agustín, una vieja pesadilla.
Cuando comencé por primera vez el liceo, era un chico totalmente invisible para todos excepto los maestros, hasta que un día lo conocí a él: Agustín, quien hizo que mis dos primeros años en el liceo fuesen un verdadero infierno.
El término con el que se denomina a este tipo de individuos proviene de la palabra anglosajona "Bully", que significa “matón”, una persona que intimida física o psicológicamente a otra. Agustín era eso, un "bully".
Desde burlarse de mi cuerpo, pasando por robarme plata y lápices, hasta incluso llegar a golpearme. Mi vida escolar con él fue un verdadero infierno, hasta que finalmente decidí hacer lo que todo adolescente en mi situación debería hacer: hablar con un adulto.
Mi madre fue la primera en enterarse, y usando sus contactos con Martín lograron expulsarlo del liceo. No lo volví a ver más, pero logré pasar el resto de mi vida escolar con tranquilidad.
Sin embargo, parecía que el destino quería jugarme una broma. Agustín se encontraba a mi lado, hablándome como si hubiésemos sido amigos de toda la vida. Pero se notaba distinto, pues su forma de hablar y expresarse se me hacía más alegre y amigable a diferencia de cómo lo hacía cuando lo conocí por primera vez.
Además se veía más atractivo y musculoso.
—No sabía que estabas acá, ¿cómo te va en el liceo? —me preguntó, sentándose a mi lado mientras el ómnibus arrancaba.
—Bien —respondí seco.
—Me alegro, yo dejé el liceo y me metí a la UTU —comentó, sin dejar de sonreír.
—Ah, ¿y qué estudiás? —le pregunté, fingiendo interés.
—Estudio en la UTU de Deporte, en donde hacemos deporte y ese tipo de actividades —respondió, sonriendo.           —También estuve dedicándome a la música porque es algo que me apasiona —explicó, notándose cierta emoción en su forma de hablar.
— ¿Y cómo terminaste en este campamento? —le pregunté, esta vez curioso por la respuesta.
—Bueno, Martín también trabaja en donde estudio —respondió. —Él me ayudó bastante con mis notas y nos volvimos amigos, así que me invitó a este campamento para ser uno de los consejeros —explicó, esbozando una sonrisa aún más grande.
— ¿En serio? —le pregunté, sorprendido.
El asintió, sonriendo.
—También... aprovecho para pedirte perdón —dijo repentinamente.
— ¿Por? —le pregunté, fingiendo no saber de lo que hablaba.
—No te traté bien cuando nos conocimos, y me arrepiento mucho de lo que te hice... —explicó, bajando la mirada.
—Me hiciste la vida imposible y tuve que ir a un psicólogo —respondí, aun guardaba el rencor de hace años.
—Te hice mucho daño... —murmuró, bajando la mirada y juntando ambas manos. Realmente parecía arrepentido.
—Y sin razón —agregué, cruzándome de brazos.
—Sí había una razón —mencionó, observándome a los ojos.
— ¿Cuál? —le pregunté, sin dejar de lado la pequeña ira que sentía en mi interior.
—Estaba intentando ocultar quien verdaderamente era —explicó.
Lo observé confundido hasta que él sacó de debajo de su remera un collar con la bandera del orgullo LGBT.
—Esto —afirmó.
—Ah, pues bienvenido al club —respondí de forma sarcástica.
— ¿También sos...? —me preguntó, sorprendido.
—Bisexual —respondí de forma seca.
— ¿Y cómo reaccionaron tus padres? —me preguntó, luciendo curioso.
—Mi madre... bien —respondí, algo inseguro. —Mi padre solo armó un escándalo como siempre, pero fue más por sus problemas con mi madre que por mí —expliqué, manteniendo mi indiferencia.
—Ah, mis padres solo me dijeron que me apoyaban sin importar a quién amara, pero se molestaron por el hecho de no haberles dicho antes —explicó él, dibujándole una suave sonrisa en su rostro.
Lo observé, molestándome el hecho de ser capaz de comprender su situación y sentir empatía por él. Una parte de mí quería perdonarlo, otra quería seguir odiándolo... Y otra simplemente deseaba que me empotre ahí mismo contra la ventana.
Eran sentimientos confusos los cuales no era capaz de comprender.
Continuamos el viaje charlando sobre nuestras experiencias fuera del closet. No podía negar que este nuevo Agustín me estaba agradando más que el anterior, parecía haber dejado de ser un completo imbécil.
Finalmente llegamos a nuestro destino y cuando bajamos observé el paisaje que nos iba a acompañar durante todo el verano. Era un típico campamento al lado de un río, con cinco cabañas de madera que rodeaban una cabaña mucho más grande y de dos pisos que se encontraba en el centro. Diferentes caminos llevaban a diferentes sitios, los cuales supuse que eran para hacer actividades.
Cuando bajamos del ómnibus, fuimos recibidos por una mujer de cabello oscuro que sonreía de forma exagerada. Su nombre era Fabiana, era la consejera encargada de explicar el mapa del lugar y enseñarnos dónde quedaban las cabañas para dormir.
A su lado se encontraba José, un hombre mucho mayor que traía consigo rulos en su pelo. Parecía estar ahí más que nada para ser el payaso del grupo.
Nos dividimos en cuatro grupos de 4 personas, que a su vez se encontraban conformados por personas del mismo sexo. Y luego de asignar nuestras cabañas, nos permitió ordenar nuestras cosas antes de proseguir con la actividad de bienvenida.
Las cabañas eran todas iguales: entrabas y veías una pequeña sala de estar con dos sillones y una estantería con algunos libros y revistas; luego había dos puertas, una llevaba a un baño en donde no había ducha, y otra que nos llevaba a la habitación en donde se encontraban dos literas. Era bastante sencillo.
Para mi fortuna o desgracia, Agustín también se encontraba en mi grupo. Me pregunté por qué un consejero dormiría junto a los campistas, pero ese no parecía ser un detalle importante para él.
— ¡Me quedo con la de arriba! —exclamó Agustín, subiéndose de un salto a la cama superior mientras yo acomodaba mis cosas en la cama inferior. —Sean rápidos, chicos, no querrán perderse nuestra actividad de bienvenida —agregó, acomodándose en el lugar para observarnos con una sonrisa.
— ¿Y por qué estás acá, no deberías tener una habitación propia con los otros consejeros? —le pregunté, confundido.
—Pregunto lo mismo, es raro —asintió un chico que también se encontraba acomodando sus cosas.
—Decidimos asignarle un consejero a cada grupo, así podemos supervisarlos con detenimiento —explicó. —Además, ¿qué es lo que te parece raro, Facu? —le preguntó, curioso.
—Sos gay, mirá si en la noche nos terminás violando a todos —bromeó, haciendo reír al otro chico más joven que estaba con nosotros.
—Tranqui, Facu, si yo decidiera violar a alguien no serías vos —respondió con tranquilidad mientras esbozaba una sonrisa.
—Es recomendable dejar de lado la egolatría, no todos quieren algo contigo —mencioné mientras lo observaba, sonriendo de forma sarcástica.
El chico expresó su enojo mediante un gesto, para luego quedarse en silencio y continuar ordenando sus cosas.
Una vez terminamos, fui el primero en salir de la cabaña seguido de Agustín. Casi sentía como si me estuviese siguiendo.
—Hola, Alexis —me saludó Sofía, quien salía de la cabaña que se encontraba al lado de la nuestra.
— ¿Quién es ese potro divino que está contigo? —preguntó Cecilia quien se encontraba a su lado, observando a Agustín con una mirada lasciva.
—Boluda, te van a denunciar por acoso sexual —mencionó Sofía, cruzándose de brazos.
—Esto es más bien "acoso sensual" —respondió Agustín, siguiéndole la broma. —Soy Agus, uno de los concejeros, un placer conocerlas, Sofi y Ceci —se presentó, sonriendo.
Al parecer ya sabía sus nombres, tal vez esa era una ventaja de ser consejero en el campamento.
—Boluda, todo este ambiente me hace acordar a Viernes 13, siento que en cualquier momento Jason sale del lago y nos caga a machetazos —mencionó Sofía, observando a su alrededor con un poco de paranoia.
—Yo no me preocuparía de que Jason venga y me dé con su... enorme machete —dijo Cecilia, volviendo a hacer un gesto lascivo.
Tanto Sofía como yo la observamos con una mueca de sorpresa y disgusto.
—Bueno, sí —asentimos ambos al unísono, haciéndonos reír con una suave carcajada.
—Ya terminé de guardar mi ropa y adivinen: traje mi bikini rojo —dijo repentinamente una chica con rulos en el pelo que salía de la misma cabaña que Sofía y Cecilia, esbozando una sonrisa pícara.
—Ay, Cami, vos sí que sabés traer lo necesario para la ocasión —mencionó Cecilia, también sonriendo.
Agustín rápidamente llamó nuestra atención, ordenándonos seguirlo hacia la gran cabaña del centro. En ella nos reunimos todos los campistas, en donde la mujer llamada Fabiana junto a Martín y José comenzaron a hablar sobre el objetivo del campamento y sus actividades.
Básicamente el objetivo del campamento era educar a personas con conductas problemáticas sobre distintos valores que los ayudarán en el futuro. Sin embargo, no pretendían ser una especie de prisión sino más bien todo lo contrario, querían que fuese una experiencia divertida y emocionante.
Mi mueca de disgusto era suficiente para representar lo que sentía al estar escuchando el discurso en ese momento. Sin embargo, parte de mí quería intentar empezar desde cero y participar. Eran sentimientos confusos...
Cuando finalmente terminó la presentación, nos ordenaron juntarnos en grupos de a 4 para comenzar con una actividad. Nos sentaron en diferentes mesas y nos dieron la tarea de hacer una representación escénica de alguna escena de alguna película que hayamos visto.
— ¿Nos ven cara de nenes de primaria? —se quejó Sofía, quien era parte de mi grupo junto con Cecilia y esa tal Camila.
—No sé si voy a sobrevivir este verano... —murmuré, arrepintiéndome de haberme levantado temprano.
Mientras, Camila y Cecilia parecían entretenidas utilizando los materiales que nos habían dado.
— ¿Qué escena quieren representar? —les pregunté a ellas.
—Cuando Capitán América y Iron-Man tienen sexo salvaje —respondió Cecilia.
—Eso no pasó en ninguna peli, pero ojalá hubiese sucedido... —mencioné, sonriendo.
— ¿Y si mejor representamos la escena en donde Scarlet Witch les rompe el culo a todos? —propuso Sofía.
—Para eso estaría mejor Capitana Marvel —mencionó Cecilia.
Luego de una hora, finalmente llegó la hora de que cada grupo representase su escena frente a los demás. Y pese a mi disgusto inicial, realmente me pareció una actividad divertida en donde podíamos burlarnos libremente de las espantosas presentaciones de cada grupo, incluida la nuestra.
La cual, por cierto, era una escena inventada en donde Capitana Marvel y la Bruja Escarlata tenían que enfrentarse a un enemigo. Yo representaba a ese enemigo, mientras Cecilia a Capitana Marvel, Sofía a la Bruja Escarlata y Camila a la Viuda Negra.
Cuando estaba atardeciendo, nos juntamos todos alrededor de una fogata y se nos permitió bañarnos en el río.
Mientras los demás jugaban en el agua, yo me encontraba arriba del pequeño muelle de madera mojando mis pies. No me gustaba mucho el agua ni nadar, así que preferí mantenerme al margen mientras observaba a los demás divertirse: Sofía, Cecilia y Camila parecían entretenerse mojándose entre ellas mientras aquel idiota que compartía habitación conmigo y sus dos amigos intentaban dar el primer paso con alguna.
También había una parejita feliz conformada por un chico alto y una chica de ojos azules, a la cual el agua no fue capaz de enfriar su calentura, y a lo lejos había una chica de lentes que parecía conformarse con la soledad al igual que yo.
Sin embargo, mi tranquilidad no duró mucho tiempo pues Agustín se sentó a mi lado.
— ¿Por qué no vas con los demás? —me preguntó.
—No me gusta el agua ni la gente —respondí de forma seca.
—Ah, pero hoy te vi divertirte con esas gurisas —mencionó, sonriendo, mientras dirigía su mirada hacia donde estaban Sofía, Cecilia y Camila.
—Solo porque podía burlarme de los demás sin consecuencias —respondí, cruzándome de brazos.
Agustín rio levemente.
—Seguime —me dijo, levantándose para luego caminar hacia tierra firme.
Por un momento pensé en ignorarlo, pero de alguna forma sentía curiosidad por lo que quería hacer, así que rápidamente me levanté y lo seguí.
Caminamos por un pequeño sendero oculto hasta llegar a una pequeña playa rodeada de árboles, los cuales parecían proteger el sitio del sonido del exterior. Era un lugar bastante calmado, ideal para aquellas personas que adoraban la soledad.
— ¿Cómo encontraste este lugar? —le pregunté, curioso.
—Siempre me gusta explorar los sitios a los que llego —respondió, sonriendo, mientras se recostaba en el suelo.
Yo también me senté a su lado, observando la tranquilidad del agua mientras sentía el aire fresco rozar contra mi cara. La paz que sentía en este momento era increíble, casi divina.
Era como entrar a una iglesia, como si todo a mi alrededor dejase de existir por unos segundos.
De repente la sensación de la mano de Agustín tocando mi espalda me expulsó hacia la realidad. Sentí un poco de rabia, pues aquella sensación me había durado apenas unos segundos.
— ¿Qué hacés? —le pregunté, intentando retroceder su mano al sentir cosquillas.
Agustín se levantó para observarme frente a frente. De un momento a otro nuestros labios conectaron, dándonos un suave beso.
Al día siguiente seguimos hablando como si nada hubiese pasado, ni siquiera recordaba cómo fue que había salido de aquella situación. Agustín mantenía su habitual alegría mientras Sofía y Cecilia casi que me obligaban a ser parte de su grupo.
A pesar de mi disgusto inicial, comencé a sentirme feliz de no pasar solo este verano.
Ese mismo día, Agustín y yo nos encontramos de nuevo en aquel lugar y repetimos nuestro beso. Y a partir de ese momento, todos los días nos reuníamos en aquel lugar y, sin decirnos ninguna palabra, nos besábamos.
Parecía estar viviendo una típica película de romance, pero no me disgustaba.
Y así, sin darme cuenta, pasaron dos semanas.
En aquella noche me encontraba en mi cama, preguntándome cómo se encontraría mi madre estando sola. Ella había prometido no llamarme en ningún momento, pues este campamento precisamente significaba aislarse de la sociedad y "embriagarse con la naturaleza", como decía Martín.
Sin embargo, recibí una llamada.
Al principio me sorprendí al ver que era mi madre, pero rápidamente respondí suponiendo que podía ser una emergencia. O que tal vez ella me extrañaba.
Decidí salir de la habitación para responder con tranquilidad. — ¿Mamá? —dije una vez respondí, sintiéndome un poco preocupado.
—Hijo, ¿estás bien? —preguntó. Su voz se notaba temblorosa y cansada, como si le hubiese pasado algo muy malo. —Al fin consigo tener señal… —explicó, suspirando en el proceso.
— ¿Qué pasa, mamá, por qué llamás? —le pregunté, confundido.
—Algo está pasando con la gente, están atacando a otras personas... —explicó, notándose bastante nerviosa. — ¿No escuchaste la radio? —me preguntó.
De repente, Sofía apareció en mi cabaña. Su rostro se veía bastante preocupado, como si hubiese sido espectadora de una atrocidad.
—Tenés que escuchar lo que dicen en la radio... —dijo, regresando apresurada por donde había venido.
Rápidamente fui con ella, aún en llamada, hacia la gran cabaña en donde todos los demás se encontraban juntos alrededor de la radio. Estaban escuchando lo que el locutor decía.
—La sociedad está colapsando. Les pedimos a todos que, por favor, mantengan la calma y se oculten en sus casas. Esto no es un simulacro, repito: no es un simulacro —decía, con una voz digna de aquel relato de La Guerra de Dos Mundos.
Todos observábamos la radio con temor, preguntándonos si se trataba de una broma o de algo cierto.
—Había una mujer que estaba muerta, yo la vi morir... —comenzó a relatar mi madre, mientras los demás nos observábamos entre nosotros.
—Mamá… —susurré, preocupado.
—Estaba muerta, puedo jurarlo. Pero ella volvió a levantarse y entonces... atacó a ese policía —explicó.
— ¿De qué está hablando tu madre? —preguntó Camila, sorprendida.
—No sé cómo lo hizo, pero lo mató... —dijo mi madre, entre sollozos. — ¡Quedate ahí, hijo, te voy a ir a buscar! —exclamó, para luego cortar la llamada.
—Zombis —respondió Sofía a la pregunta de Camila, para luego observarme.

Capítulo 2: El CadáverEditar

Nos observábamos los unos a los otros, dudando de si lo que acabábamos de oír era cierto o no. De un momento a otro comenzamos a discutir.
— ¿Estaba hablando de zombis? —preguntó Cecilia, confundida.
—O el locutor nos está haciendo tremenda joda —mencionó Sofía, cruzándose de brazos para luego morderse las uñas.
—Los zombis no existen, pelotuda —dijo Facundo, haciendo una mueca de disgusto.
— ¿Y vos qué sabés? —le preguntó Camila, interviniendo.
—Yo leí una noticia que decía que un hongo era capaz de infectar hormigas y revivirla —dijo la chica que usaba lentes.
—Llegaste tarde, esa idea ya la usaron para un videojuego —mencionó Sofía.
Por mi parte, era incapaz de participar en la discusión pues estaba concentrado en recordar la llamada de mi madre. Era extraña, sentía como si una parte de mí la había soñado.
Martín y Fabiana aparecieron de repente para interrumpirnos y ordenarnos a todos regresar a nuestras cabañas.
Obedecimos, no sin antes escuchar cómo incluso los mismos adultos comenzaban a cuestionar si lo que habíamos oído en la radio era cierto o no. Aquello nos había dejado completamente atónitos, e incluso paranoicos.
Una vez regresé a mi cabaña, observé a Agustín sosteniendo un celular en su mano. Se notaba un poco nervioso y desesperado.
— ¿Estás bien? —le pregunté.
—No, mi familia no responde a mis llamadas —respondió, volviendo a marcar un número en su celular.
—Estarán durmiendo —mencioné.
Agustín me observó por unos segundos para luego asentir y cortar la llamada, guardando su celular en el bolsillo de su pantalón.
—Deberíamos ir a dormir, mañana tenemos que participar en esa estúpida carrera —mencioné, caminando de regreso a la habitación.
—Sí, pero al menos estoy feliz de que nos haya tocado en el mismo equipo —respondió él, esbozando una suave sonrisa.
Mientras intentaba dormir, sin éxito, comencé a reflexionar sobre el tiempo que pasaba en el campamento hasta ahora.
No podía creer que realmente estaba con Agustín, aunque no era un noviazgo. Simplemente era un romance de verano, o al menos eso quería pensar. Ni siquiera habíamos avanzado más que besos y toqueteos, todo era muy diferente a lo que estaba acostumbrado a hacer.
Finalmente las palabras de mi madre regresaron a mi memoria, como si su voz estuviese atrapada en mi cabeza. Aquello que había relatado no sonaba real, pero no quería pensar en que mi madre había comenzado a enloquecer. Sin embargo, podía notar que su tristeza era real.
Al día siguiente nos reunimos en la cabaña central, esperando comenzar la carrera que habían planeado los consejeros. Resultaba en recorrer toda la propiedad del campamento y regresar al punto de encuentro: el primer equipo en el que hayan llegado todos sus miembros ganaba un premio secreto.
Sin embargo, Martín apareció con una mala noticia.
—No somos capaces de comunicarnos con nuestra institución —explicó, notándose cierta preocupación en su rostro.
— ¿Por qué? —preguntó Camila.
— ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Facundo.
—Como se veían muy nerviosos luego de escuchar lo que dijeron en la radio, decidimos llamar a nuestra institución para que les explique que todo anda bien —explicó Fabiana, observándonos a todos. —Sin embargo, ninguna contesta —agregó, apenada.
—Creemos que se trata de un fallo en la señal, pero aun así estamos atrapados al no tener al ómnibus que nos trajo —explicó Martín.
—Por eso decidimos pedirle prestado su auto a los dueños del campamento, así que ustedes deberán quedarse acá con Fabiana y Agustín —explicó José, el otro consejero.
—No entiendo, ¿qué pasó con el ómnibus? —preguntó Sofía, confundida.
—El chofer se fue, pues no iba a quedarse todo el verano con nosotros —explicó Agustín.
—Pero, ¿por qué se tienen que ir? —preguntó Camila, preocupada.
—No podemos quedarnos incomunicados, tenemos que reportar lo que sucede a nuestra institución así que vamos a ir al pueblo más cercano —explicó Martín.
— ¿Y qué pasa con la carrera? —pregunté, curioso.
—No se preocupen, continuaremos con las actividades programadas para el día de hoy con tranquilidad —explicó Fabiana, esbozando una suave sonrisa.
—Sólo queríamos mantenerlos al tanto de lo que sucede —dijo Martín, observándonos a todos para luego acercarse a Agustín y susurrarle unas palabras que no alcancé a oír.
Luego de eso, Martín y José se retiraron sin decir otra palabra. Podíamos notar que algo andaba mal, pero continuamos como de costumbre la actividad que había propuesto Fabiana. Ella se notaba algo nerviosa, pero aún seguía haciendo su trabajo mientras mantenía la calma.
— ¡Qué alivio, se nota que no pasa nada! —comentó Sofía de forma sarcástica, mientras nos preparábamos para la dichosa carrera.
— ¿A qué te referís? —le preguntó Camila, confundida.
—Es obvio que algo está sucediendo, pero no nos quieren decir qué —le respondí, mientras estaba ocupando buscando a Agustín con la mirada.
—Si es cierto que nos invadieron los zombis, voy a salir a matarlos a todos con un machete —dijo Facundo, haciendo un gesto con las manos simulando agarrar algo y golpearlo.
—O te cagarían matando —mencionó Sofía, de forma sarcástica. —Sí, amigos: el apocalipsis no es como lo pintan en las series y películas. Es un infierno y dudo mucho que cualquiera sobreviva —explicó, manteniendo el mismo tono.
Mantuve el silencio para luego asentir, pues estaba de acuerdo con su afirmación.
— ¿No era que no te gustaban los zombis? —le preguntó Cecilia, esbozando una suave sonrisa.
—Me gusta The Walking Dead —respondió, sonriendo de manera prepotente.
—Es la mejor serie —afirmó uno de sus amigos.
—El Juan sabe de lo que hablo —asintió Facundo, sonriendo.
—Yo solo sé que los adolescentes como vos son lo suficientemente ególatras como para provocar su propia muerte en una película de zombis —mencionó Sofía, esbozando una sonrisa sarcástica.
— ¡¿Y vos qué sabés cómo soy?! —le preguntó, notándose claramente ofendido.
—Sofi no lo decía en serio, es que a veces ella no mide sus palabras —intervino Cecilia, observando a ambos con una suave sonrisa.
Facundo observó por última vez a Sofía, manteniendo una mueca de disgusto hasta que la cambió por una más tranquila, hasta que finalmente decidió irse sin decir ninguna palabra junto con sus dos amigos.
—No me lo banco —soltó Sofía luego de que se fuera.
—Pero es lindo —mencionó Cecilia, observándolo a lo lejos con una suave sonrisa.
—Es el típico pibe que es un pelotudo pero está re bueno —mencioné, cruzándome de brazos.
—Y bueno, chicas, se coge igual —dijo Cecilia, resignada.
Mientras sonreía debido a los graciosos comentarios de Cecilia, observé a mi alrededor para seguir buscando a Agustín, quien extrañamente no se encontraba molestando con su habitual positivismo. Me parecía un poco alarmante, pues no lo había visto desde la reunión.
En el proceso, también observé a la parejita feliz dándose unos apasionados besos, era como si su calentura nunca hubiese terminado. Sin embargo, también deseaba poder hacer eso con Agustín en ese momento, o incluso llegar a más.
Comencé a caminar hacia donde se encontraba Fabiana para preguntarle si sabía dónde estaba Agustín, utilizando como excusa el hecho de que era mi compañero de equipo.
Sin embargo, Fabiana me contestó con una negación.
Le agradecí por su respuesta e, insatisfecho, di media vuelta para seguir buscándolo.
Rápidamente caí en la cuenta del único lugar en el que podía estar Agustín, un lugar que nadie conocía excepto él y yo: aquella pequeña playa escondida entre los árboles, en donde nos dimos nuestro primer beso.
Me escabullí de entre toda la gente sin que nadie se diera cuenta, hasta que finalmente llegué al lugar indicado.
Había tenido razón en mi suposición: Agus se encontraba allí, sentado en el suelo. Pero mi satisfacción pronto se convirtió en preocupación al notar la tristeza en su rostro.
Lo observé por unos segundos hasta que decidí acercarme y, en silencio, sentarme a su lado.
Él mantuvo su posición, pero apoyó su cabeza en mi hombro mientras seguía observando hacia la nada. Supuse que era su señal para indicar que agradecía mi presencia.
Ambos quedamos unos minutos en silencio, observando la calma del agua. No quería apresurar las cosas, así que no le pregunté qué era lo que le estaba pasando, aunque sabía que no podía ser nada bueno y que probablemente estaba relacionado con su familia.
—Martín quiere que me ocupe del campamento en su ausencia —soltó finalmente.
—Eso es bueno, ¿no? —le pregunté, confundido por su repentina tristeza.
—Es que siento que algo anda mal, y que no soy capaz de solucionarlo —explicó, para luego soltar un largo suspiro.
Mantuve el silencio, incapaz de saber cómo responder, y simplemente decidí rodearlo con mi brazo y recostarme en su cabeza.
Sin embargo, el momento fue breve pues comenzamos a notar un extraño objeto flotando en el agua frente a nosotros, el cual finalmente se detuvo al chocarse con una roca. Al levantarnos y acercarnos para ver qué era con más claridad, descubrimos que se trataba de un cadáver.
—Mierda, tenemos que avisar a las autoridades —dijo Agustín, notándose algo nervioso.
Asentí, algo sorprendido por presenciar un cadáver real, para luego seguirlo de regreso al campamento.
Al parecer habían empezado la carrera sin nosotros, pues cuando regresamos no había nadie cerca de la cabaña principal.
—Seguramente estén ya por el sendero —mencionó Agustín, disponiéndose a caminar por el camino que se dirigía hacia el pequeño bosque.
Luego de un breve momento de caminar nos encontramos con el resto, quienes parecían no haber comenzado la carrera aún.
— ¡Fabiana! —Agustín se adelantó para llamar a la otra consejera, mientras yo me acercaba a Sofía y a Cecilia.
— ¿Todavía no empezaron? —les pregunté.
—No, pasa que a Camila le bajó el mes y tuvo que ir urgente a cambiarse la toallita —explicó Cecilia, meciéndose en el aire.
—Ella no quiso, además le pidió a otra gurisa —respondió Sofia. — ¿Y vos dónde andabas? —me preguntó, cambiando de tema.
—Así que, con Agustín, eh... —dijo Cecilia, sonriendo de manera pícara mientras alzaba las cejas.
—No hicimos nada, por desgracia... —murmuré bromeando, mientras me cruzaba de brazos.
—Tranquilo, amigo, ya habrá momento para que te garche —dijo Cecilia, apoyando su mano en mi hombro.
—Además no pudimos hacer nada, porque nos encontramos un cadáver —expliqué, retirando la mano de Cecilia de mi hombro con delicadeza.
— ¡¿Qué?! —gritaron ambas al unísono.
— ¡Muy bien, chiquilines! —intervino Fabiana para llamar la atención de todos los campistas. —Agustín y yo iremos por algunas herramientas, por favor quédense acá y no hagan nada —dijo, para luego correr apresurada junto a Agustín.
— ¿En serio se va a ir sin decirnos que hay un cadáver? —me pregunté, indignado por la negligencia de aquella consejera.
—No es la primera vez que nos ocultan cosas en este día... —mencionó Sofía, cruzándose de brazos.
— ¿Y cómo era el cadáver, era alguien conocido? —me preguntó Cecilia, curiosa.
—No sé, no lo vi bien —respondí.
—Che, ¿y si vamos a ver cómo está Camila? —propuso Sofía, picándole el antebrazo a Cecilia con su dedo.
—Ni en pedo, los que se separan son los primeros en morir en las pelis de terror —negó Cecilia, cruzándose de brazos para fingir un berrinche infantil.
—Yo voy, quiero volver a ver el cadáver con más detenimiento —levanté mi mano.
Sofía asintió, y ambos nos dispusimos a caminar hacia las cabañas.
—Ay... ¡espérenme! —dijo Cecilia, siguiéndonos arrepentida.
— ¡Che, ¿a dónde van?! —nos preguntó Facundo una vez nos vio caminar, se encontraba como siempre acompañado de sus dos amigos cuyos nombres no sabía.
—Cosas de chicas —respondió Sofía, sonriendo de forma sarcástica.
— ¡Ah, ¿y él va?! —le preguntó con un ligero tono de indignación, señalándome con su dedo.
— ¡Es gay, tiene permiso! —respondió Cecilia, esbozando una radiante sonrisa.
Ignorándolos finalmente, caminamos hasta llegar a la zona de las cabañas y dirigirnos hacia la cabaña en donde dormía Camila. Por algún motivo, podía sentir una extraña vibra en el aire, como si algo no anduviese bien.
Cuando entramos en la cabaña parecía estar vacío, ni siquiera estaba la chica que se supone había acompañado a Camila.
— ¡Hay sangre en el baño! —exclamó Cecilia, sin sorprenderse.
—Y sí, boluda, si le acaba de venir el mes —mencionó Sofía.
Luego de buscar sin éxito a las chicas en la cabaña, decidimos salir de ella y pensar otro lugar en donde podrían estar.
— ¿Y en las duchas? —propuso Cecilia, sonriendo.
Sofía y yo asentimos, para luego dirigirnos hacia la cabaña de las duchas.
Sin embargo, antes de que pudiéramos, fuimos interceptados por la propia Camila, quien lucía aterrada y nerviosa. Tenía un poco de sangre en la cara.
— ¡No podemos estar acá, tenemos que irnos! —exclamó temblorosa.
— ¿Qué te pasó, boluda, te ensuciaste de menstruación en la cara? —le preguntó Sofía de forma irónica.
— ¿Estás bien, te pasó algo malo? —le preguntó Cecilia, esta vez luciendo más preocupada.
— ¡Hay un psicópata suelto en el campamento, nos tenemos que ir! —exclamó, acercándose a Cecilia para abrazarla.
Sofía y yo nos observamos a la cara, confundidos.
— ¿Y dónde está la otra chica? —le pregunté.
—Valentina fue asesinada por ese tipo… —respondió, comenzando a sollozar.
—Pero Valentina está ahí, boluda —mencionó Cecilia, señalando hacia la puerta de la cabaña de las duchas.
Todos miramos hacia donde Cecilia señalaba, sorprendidos al descubrir a la chica de lentes parada en la puerta. Sin embargo, no parecía encontrarse en buen estado: su brazo sangraba y respiraba con dificultad, como si estuviera gruñendo.
—Creo que esa no es Valentina... —negó Sofía, preocupada.
La chica de lentes comenzó a caminar con torpeza hacia nosotros, mientras atónitos la observábamos. De repente intentó abalanzarse hacia todos nosotros, pero milagrosamente logramos esquivarla.
— ¿Qué le pasa? —preguntó Camila, mientras se apoyaba en Cecilia.
—Decime que estoy soñando, porque esto no puede ser verdad —dijo Cecilia, luciendo entre asustada pero emocionada.
—Es un zombi... —murmuré, completamente sorprendido por lo que estaba observando.
—Entonces, ¿el anuncio de la radio fue real? —preguntó Camila, igual de sorprendida que el resto.
Poco a poco nos alejábamos de la chica para estar más seguros, mientras discutíamos sobre el posible origen de lo que causó su transformación.
—Lentitud y torpeza, es el zombi clásico ideado por George A. Romero, así que tenemos la ventaja de que uno solo no es ningún problema... —explicó Sofía, mientras observaba con detenimiento a la criatura.
—El problema es cuando se juntan en hordas —agregó Cecilia, observando con disgusto a la criatura.
—Pero, ¿cómo se convirtió? —preguntó Camila, confundida.
—No sé, si es el zombi básico seguramente fue víctima de una mordida que la terminó matando, o murió por causas externas y se convirtió... —explicó Sofía.
No hubo más tiempo de conversación, pues de la nada salió otro zombi que estuvo dispuesto a atacarme. Fue tan rápido que no tuve noción de lo que sucedía, de un momento a otro me caí al suelo, pero alguien me ayudó a levantarme mientras otra persona se encargaba del zombi: Facundo se encontraba pateando al zombi que había caído al suelo por los golpes.
Una vez me recompuse, lo observé él y a sus amigos quienes habían salido de la nada. A su vez, me di cuenta de que el zombi que me había atacado era el mismo cadáver que había encontrado en la orilla del arroyo.
— ¡¿Qué mierda le pasa a este tipo?! —preguntó Facundo, luego de terminar de patearlo.
— ¡Son zombis, boludo! —exclamó Cecilia.
—Valentina... —uno de los amigos del chico observó con tristeza a la chica de lentes convertida, mientras su otro amigo intentaba calmarlo.
— ¿Cómo mierda pasó esto? —preguntó Facundo, observando a Valentina quien nos observaba dispuesta a atacarnos.
—Eso intentábamos averiguar —respondió Sofía.
—Creo que este tipo trajo un virus —respondí, señalando al cadáver.
— ¡Ese es el psicópata que nos atacó! —exclamó Camila, asustada.
— ¿Cómo fue que pasó? —le pregunté.
—Estábamos en las duchas y salió de la nada, intentamos correr pero Valentina... —explicó, siendo incapaz de terminar con la oración.
Asentí, entiendo lo que quería decir.
—Che, ¿no les parece que deberíamos hacer algo con Valentina? —propuso Cecilia, confundida.
De repente, Agustín y Fabiana regresaban caminando. Esta última preocupada por la ausencia del cadáver, explicando que debían llamar a las autoridades para reportarlo.
— ¿Qué pasó acá? —preguntó Fabiana, preocupada al ver el estado de Valentina y el cadáver en el suelo.
— ¡Ese es el cadáver! —señaló Agustín, sorprendido.
Luego de darles una rápida explicación, Fabiana comenzó a dudar de si nos encontrábamos en sobriedad.
Agustín, quien al parecer había entendido pero aún seguía atónito, propuso encerrar a Valentina en la cabaña de las duchas hasta que supiesen qué hacer con ella o por si hubiese alguna cura.
Fabiana no parecía estar de acuerdo en nada de lo que Agustín decía, así que se limitó a pedirnos a todos que guardásemos la calma y que regresásemos con los demás campistas. Sin embargo, poco sabía ella sobre el fatídico destino que ellos habían tenido...
Mientras Agustín y Fabiana discutían qué hacer frente a nuestros ojos, comenzamos a sentir varios gruñidos y gritos que provenían del sendero. Poco a poco el sonido iba aumentando hasta que finalmente aparecieron: aquellos campistas quienes se habían quedado esperando en el sendero, todos convertidos en zombis.
No tuvimos tiempo de siquiera encargarnos de Valentina, todos huimos rápidamente hacia la gran cabaña para ocultarnos de esa pequeña horda. Y una vez tuvimos tiempo para respirar...

Capítulo 3: Los ViejosEditar

Algo que no sabíamos en su momento era que Martín y José habían ido a la casa de los dueños del campamento para pedirles un vehículo y preguntarles si sabían algo sobre la trasmisión de radio de la última noche.
Graciela y Mario eran dos personas excéntricas, seguramente por haber vivido varias aventuras. Ambos los recibieron con extrañeza y disgusto, pues no estaban acostumbrados a tratar con la gente.
— ¡¿Nuestro vehículo, para qué lo quieren?! —preguntó Mario, como si estuviera enojado.
—Para jugar a la bolita, Mario, ¿para qué más? —contestó Graciela de forma sarcástica, para luego dirigirse hacia una repisa y agarrar unas llaves. —Aquí tiene, joven, pero tenga mucho cuidado —dijo, haciéndole entrega de las llaves.
—Muchas gracias, señora —agradeció Martín, esbozando una amable sonrisa.
—Ay, por favor, decime Graciela como me dicen todos —dijo la señora, sonriendo de manera coqueta.
Martín sonrió incómodo y asintió, repitiendo su frase, pero esta vez cambiando "Graciela" por "señora".
— ¿Y ustedes saben algo sobre la trasmisión de radio de anoche? —les preguntó José.
Ambos se observaron, para luego asentir al unísono.
— ¡Se viene el apocalipsis! —exclamó el viejo.
Graciela caminó tranquilamente hacia un armario y, mientras tarareaba una canción, lo abrió para sacar una de dos escopetas que guardaban ahí. Y luego de darle una breve revisión y tomar una pequeña caja de balas, se las entregó a Martín.
— ¡¿Por qué me da esto?! —le preguntó, completamente sorprendido.
—Lo vas a necesitar —respondió, volviendo a sonreír de manera coqueta.
— ¡Tengan cuidado con las bestias que toman forma de personas! —exclamó Mario, casi tan loco como una cabra.
Martín y José se observaron a los ojos, completamente anonadados por la actitud de ambos señores. Sin embargo, más adelante agradecieron su preocupación. Luego de entrar todos en la cabaña, nos dispusimos a cerrar todas las puertas y ventanas para que ningún zombi entrara.
Por su parte, Fabiana se encontraba parada en el medio, llorando y culpándose a sí misma por lo que había sucedido. No parecía entender en su totalidad el problema, pero sabía que había cometido un grave error al dejar a los demás campistas sin supervisión.
En ese momento me puse a pensar sobre el milagro que había sido el hecho de haber seguido a Sofía, pues de otro modo quizás hubiese terminado como los demás.
— ¿Estás bien? —Cecilia se encontraba ayudando a Camila a sentarse, mientras Sofía parecía nerviosa buscando por toda la habitación.
— ¿Qué hacés? —le preguntó Facundo, mientras se sentaba al lado de sus dos amigos. Uno de ellos parecía estar a punto de llorar, quizás estaba afectado por lo que le había pasado a Valentina.
—Busco algo que pueda servir como arma —respondió, mientras agarraba el atizador de la chimenea. —Esto puede servir —dijo con una sonrisa mientras lo observaba con detenimiento.
—Bueno, intentaré darles en la cabeza si no muero en el intento —dijo Sofía de forma sarcástica.
—Mierda, Martín y José se fueron... —murmuró Agustín, sentándose en un sillón para agarrarse la cabeza con ambas manos.
Me acerqué a él, intentando de alguna manera darle apoyo. No sabía por qué lo hacía, pero sentía que debía hacerlo.
Todos, de alguna forma, parecían necesitar apoyo. Nos encontrábamos en una situación extremadamente irreal y peligrosa, casi parecía ser un sueño.
De repente, comenzamos a sentir disparos que provenían de afuera.
— ¿Martín? —preguntó Agustín y, casi emocionado, se levantó para observar por la ventana lo que sucedía afuera.
— ¿Cómo carajos alguien consiguió un arma de fuego? —preguntó Sofía, confundida.
Cuando me disponía a acercarme a Agustín, alguien golpeó bruscamente la puerta.
— ¡Abran, pelotudos! —exclamó una voz masculina con un tono bastante agresivo.
Rápidamente Agustín se acercó a la puerta y la abrió, dejando pasar a un hombre mayor que vestía un chaleco antibalas y cargaba con muchos cuchillos y un machete. Lo acompañaba una mujer pelirroja que también llevaba un chaleco antibalas y cargaba una escopeta.
— ¡Graciela, Mario, ¿qué pasó con Martín y José?! —les preguntó Agustín, preocupado.
— ¿Quiénes son? —preguntó Cecilia, curiosa.
—Son los dueños del campamento —explicó Agustín, mientras se apresuraba en cerrar la puerta.
Ambos se presentaron, Graciela de una forma coqueta mientras que Mario de una forma más ruda.
—Cuando los muchachos nos vinieron a pedir el auto, supimos que algo andaba mal con ustedes —explicó Mario.
—Así que los vinimos a ayudar —agregó Graciela, manteniendo su sonrisa.
— ¿Y cómo es que tienen todo eso? —les preguntó Sofía, sorprendida.
—Siempre creímos que el mundo se iba a acabar en cualquier momento —explicó Mario.
—Así que decidimos gastar todo nuestro dinero en las cosas que podríamos necesitar —continuó Graciela.
—Por suerte nos tocó el apocalipsis zombi, uno de los más sencillos a mi parecer —mencionó Mario.
— ¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Cecilia.
—Tenemos que esperar que regresen Martín y José —dijo Agustín.
— ¿Y cuándo va a ser eso? —le preguntó Sofía, claramente disgustada por aquella afirmación.
—Con comida podemos sobrevivir —dijo Mario, comenzando a inspeccionar toda la casa.
— ¿Y los zombis que hay afuera? —preguntó Cecilia.
—No creo que sean tan fuertes de romper la madera, querida —mencionó Graciela, manteniendo un tono coqueto en sus palabras.
Al cabo de un rato no hubo otra opción más que quedarse dentro de la cabaña, esperando que sucediera algo que ni siquiera sabíamos que iba a suceder, mientras los gruñidos de los zombis poco a poco se hacía menos pesado.
Finalmente, y luego de lo que parecía haber sido un tiempo largo de aburrimiento, Mario habló:
— ¡Es hora de que sepan cómo acabar con esas bestias! —exclamó, mientras comenzaba a inspeccionar la casa.
—Ya sabemos, es destruyéndoles el cerebro —dijo Sofía con desgano.
—Sí, pero necesitás más que tu cerebro para hacerlo —mencionó Mario, cruzándose de brazos.
—Los zombis se están dispersando, cariño —le dijo Graciela, mientras observaba por la ventana.
—Yo sí quiero matar zombis —dijo Facundo, sonriendo emocionado.
—Entonces tomá —Mario le hizo entrega a Facundo de un machete, el cual tomó con agradecimiento.
— ¿Ustedes están mal de la cabeza? —intervino Sofía, notándose indignada. — ¿Y ustedes no van a hacer nada? —les preguntó, señalando a Agustín y a Fabiana.
Agustín mantuvo el silencio y me observó, podía notar la tristeza en su rostro, pero rápidamente la cambió una expresión más decidida luego de un suspiro.
—Tenés razón, no se puede salir a lo loco y atacar a todo lo que se mueva —mencionó, cruzándose de brazos.
—Pero no podemos estar acá para siempre, no sabemos si tenemos suficiente comida para varios días —dijo Graciela, acercándose de manera coqueta a Agustín.
—Tenemos que sacar a todos los zombis del camino —señalé.
— ¿Y dónde los vamos a encerrar? —preguntó Facundo.
—En las duchas —respondió Cecilia. —Los atraemos a ella con algo que haga mucho ruido, y los encerramos —explicó, caminando hacia la cocina para agarrar una sartén y una espátula.
Pronto comenzamos a armar un plan: dos personas guiarían a los zombis hasta la cabaña de las duchas, mientras el resto los rodearía en caso de que quisieran desviarse o atacar. No era el mejor plan del mundo, pero podía funcionar.
—Entonces... ¿quiénes van a guiar a los zombis? —preguntó Camila.
Todos los miramos a la cara, pues nadie quería arriesgarse a semejante peligro.
—Yo voy —dijo Agustín, levantando la mano.
—Yo también —dijo Facundo, observando con disgusto a Agustín.
Y finalmente nos preparamos para el plan: mientras Agustín y Facundo hacían ruido para guiar a los zombis, el resto los rodearía para controlar que nadie escape o los ataque. Algunos estaban emocionados, otros preocupados, pero extrañamente nadie estaba asustado.
—Cuidate —le dije a Agustín antes de que saliese.
Éste me respondió con un suave beso en la mejilla.
—Vos también, Alexis —dijo mientras sonreía.
Finalmente, Agustín y Facundo salieron mientras Graciela y Mario hacían a los zombis retroceder para que no los atacaran.
El proceso fue más rápido de lo que pesé, pues de un momento a otro los zombis ya estaban persiguiendo torpemente a los dos cebos, mientras los demás nos ocupábamos de aquellos rebeldes que querían desviarse.
— ¡No los lastimen! —exclamó Fabiana, quien no parecía haberse recompuesto del todo. Se encontraba utilizando un cuchillo de cocina, pequeño pero lo suficientemente filoso como para cortar la carne.
Por mi parte, poseía una navaja que había encontrado también en la cocina. Era lo suficientemente filosa como para causar daño, pero tenía que confiar en mis reflejos para poder defenderme.
Mientras mantenía mi lugar, observé lo que hacía el resto: Sofía y Cecilia procuraban que los zombis no atacasen a Agustín y a Facundo, mientras los amigos de éste se encontraban del otro lado haciendo lo mismo que el resto.
Finalmente logramos llevarlos a la entrada de la cabaña, pero aún faltaba meterlos dentro.
Cuando me disponía a moverme, algo agarró mi pierna con fuerza: era aquel mismo cadáver que habíamos encontrado y que Facundo había golpeado. Decidí que era hora de darle su final, no sin antes disculparme con él. No era necesario, pues estaba muerto después de todo, pero sentía que debía hacerlo.
Luego de acabar con ese zombi, observé a Mario empujar a varios zombis dentro de la cabaña de las duchas. Parecía no preocuparse por salir lastimado, pues los zombis no parecían ser un gran problema.
Todos lo ayudamos haciendo lo mismo, hasta que finalmente sólo quedó una: Valentina.
Uno de los amigos de Facundo comenzó a soltar lágrimas al ver el estado en el que se encontraba, sin darse cuenta de lo rápido que ésta se dirigió a él para atacarlo. Parecía un momento de delirio, pues él había confundido el ataque con un abrazo.
Todo pasó rápido y, de un momento a otro, él se encontraba en el suelo gritando de dolor mientras Valentina mordía su cuello e intentaba alimentarse de su carne.
Todos observaron atónitos aquella escena. Todos menos Graciela, Mario... y yo.
Mario reaccionó rápidamente para usar su machete y clavárselo en el cráneo, acabando con ella de una vez por todas. Y mientras, Graciela le pedía ayuda a Agustín para cerrar las puertas y encerrar a todos los zombis dentro de la cabaña. A su vez, Sofía y Cecilia revisaban los alrededores por si había alguna entrada abierta.
Facundo, Camila y yo nos acercamos para ver el estado de su amigo. Aún seguía vivo y con lágrimas en los ojos, pero su respiración cada vez parecía costarle más.
— ¿Querés hacerlo vos? —le preguntó Mario, haciéndole entrega de su machete.
Facundo asintió y lo agarró, para luego observar por última vez a su amigo.
— ¿Estás seguro de que querés hacerlo, no hay otra forma? —le preguntó Camila, preocupada.
—Ya sabés cómo son en las pelis de zombis, esta es la única forma... —mencioné, sintiéndome extrañamente apenado a pesar de no sentir nada por estas dos personas.
Finalmente Facundo se disponía a clavarle el machete a su amigo, cuando se detuvo antes de siquiera hacerlo. Tapando su cara, me entregó el machete a mí y se fue de la escena pasando al lado de Fabiana, quien observaba la escena con lágrimas en los ojos.
— ¿Lo vas a hacer vos? —me preguntó Camila, sorprendida.
Suspiré, para luego preparar el golpe y finalmente hacerlo como un impulso. La sangre salpicó, e intenté no observar más de lo que debería la espantosa escena. Dejé el machete clavado en la cabeza del chico y me alejé.
Camila temblaba ante lo que acababa de ver, observándome perpleja. La entendía, pues había presenciado un asesinato.
—Podríamos haberlo dejado con los otros... —murmuró, con cierta ira en su voz.
—Los zombis lo hubiesen hecho pedazos, querida —mencionó Graciela, luciendo algo apenada.
Al pasar las horas ya habíamos reforzado la cabaña de las duchas para que ningún zombi se escapara. El único problema eran sus molestos gruñidos, a los cuales después de un tiempo te podías acostumbrar.
Mientras anochecía, nos encontrábamos rodeando la fogata como solíamos hacer todas las noches desde que empezamos el campamento. Pero esta vez el ambiente se notaba solitario y deprimente, pues quedábamos pocos campistas.
Todos se encontraban en silencio, y observé por primera vez a Sofía con una cuadernola. Parecía estar escribiendo. Cecilia se encontraba a su lado al igual que Camila, ambas observando el fuego de la fogata mientras Mario afilaba su machete y el otro amigo de Facundo lo consolaba.
Mientras Fabiana se acercaba para preguntarnos si queríamos algo de comer, noté que Agustín no estaba con nosotros. Así que, con la excusa de querer ir al baño, me dirigí hacia nuestro lugar secreto con la esperanza de no perder la costumbre.
Agradecí cuando lo vi a él, sentado junto a la orilla mientras la tenue luz de la luna que se reflejaba en el agua lo iluminaba suavemente.
—Sabía que ibas a venir —dijo sonriendo cuando notó mi presencia.
— ¿Hace cuánto estás acá? —le pregunté curioso, mientras me sentaba a su lado.
—Hace un rato, quería estar solo para pensar —respondió, observando el reflejo de la luna sobre el agua.
— ¿Y qué pensabas? —le pregunté, acariciando su hombro.
—Me preguntaba si mis padres también terminaron como ellos... —respondió.
Suspiré, para luego preguntarme lo mismo. Pese a que mi madre fue la que me envió al campamento en primer lugar, no podía evitar extrañarla. Aun se me venía a la mente aquella llamada que lo comenzó todo... Ella prometió venir a buscarme, pero no sé hasta qué punto eso sería una realidad.
Los dos nos quedamos abrazados durante un rato, observando la calma del agua mientras compartíamos calor.
Los días pasaron rápido nuevamente, con nuevas actividades como si estuviésemos en el mismo campamento.
Todas las mañanas, Mario nos enseñaba a usar armas y defendernos de los zombis, cada día teníamos que matar a uno de los campistas que se habían convertido. Mientras, Graciela nos enseñaba a sobrevivir en caso de falta de recursos, y a su vez esperábamos el regreso de Martín.
Y todas las noches nos reuníamos en la fogata para comer. Agustín y yo nos encontrábamos en nuestro lugar especial, y antes de dormir nos reuníamos alrededor de la radio para escuchar alguna trasmisión sin éxito.
Así pasamos una semana, hasta que recibimos una visita inesperada, pero no lo suficiente.
Mario nos enseñaba a manejarnos con las armas, como todas las mañanas. Ya solo quedaba un último zombi que matar, cuando de repente oímos el sonido de un motor.
Todos nos reunimos a la entrada del campamento, atónitos al ver a Martín y a José bajarse de un auto junto a dos personas: un hombre que parecía ser un policía y una mujer rubia, a quien inmediatamente reconocí.
Era mi madre.
Tanto Martín como mi madre lucían distintos, su mirada era más seria y estaban algo sucios. También vestían un chaleco antibalas y portaban un arma en su cintura.
Mi madre corrió con lágrimas en los ojos al verme, dándome el abrazo más fuerte que me dio en su vida una vez estuvo frente a mí.
—Te dije que te encontraría... —murmuró, ya con la voz quebrada.
Agustín se acercó a Martín y le dio un fuerte abrazo, agradeciéndole que haya vuelto.
—Pasaron tantas cosas desde que te fuiste... —dijo Agustín, sonriendo algo apenado.
—Sí, a nosotros también —respondió él, también sonriendo.
— ¿Y quién es él? —preguntó Sofía, señalando al policía que los acompañaba.
—Es Ignacio, un hombre a quien le debo la vida —respondió mi madre.
—Un placer conocerlos, pero tenemos que ponerlos al tanto de la situación —dijo él, su mirada dejaba entender que se trataba de algo serio.
Rápidamente todos nos reunimos de vuelta en la cabaña, dispuestos a contar las historias que habíamos vivido en carne propia.

Capítulo 4: La HistoriaEditar

Había una historia que mi madre no me había contado, o al menos no con los detalles necesarios para entenderla.
Cuando la sociedad colapsó por culpa de los zombis, nadie supo en su momento por qué habían aparecido tan de repente. Muchas eran las hipótesis, pero ninguna era comprobada.
Sin embargo, cuando mi madre se encontraba viajando sola por la ruta se encontró con un hombre que necesitaba ayuda con algunos zombis. Vestía una sucia bata blanca con una etiqueta con su nombre: Dr. Alejandro Guzmán.
Mi madre detuvo su vehículo y acudió a su rescate, acabando rápidamente con los dos zombis que lo perseguían utilizando un simple martillo.
— ¡Ay, se lo agradezco muchísimo! —exclamó el hombre al haber sido rescatado por la mujer.
— ¿Usted es doctor? —le preguntó mi madre, sorprendida.
—Sí, trabajo en una empresa farmacéutica no muy lejos de la ruta —explicó, retomando el aliento.
— ¿Y qué hace usted por aquí? —le preguntó, confundida.
—No puedo volver a ese lugar, no después de lo que sucedió... —respondió, notándose algo asustado.
—Por cierto, mi nombre es Isabel González... —se presentó, dispuesta a estrechar su mano.
— ¿Isabel González? ¿Usted conoce a Fernando González? —le preguntó el doctor, sorprendido.
—Es mi exmarido —respondió mi madre.
—Él está relacionado con todo lo que está pasando —explicó, dejando notar el terror que sentía a través de sus ojos.
De repente no hubo tiempo para más conversación, puesto que una camioneta blindada apareció para llevárselo. Mi madre intentó defenderlo, mientras este gritaba desesperado por su ayuda.
Mi madre no lo logró, siendo noqueada por uno de los soldados que bajaron de la camioneta, dejándola completamente inconsciente. Lo último que recordó de aquel momento fueron los gritos de advertencia de aquel doctor: "Tenga cuidado con la horda".
Más tarde despertó, encontrándose completamente sola en la ruta. No había rastro ni del doctor, ni de los soldados, ni siquiera de algún zombi solitario... Otra vez estaba sola, pero eso no la detuvo para seguir su camino.

Finalmente me había reunido con mi madre, casi parecía un milagro. Martín y José también habían vuelto, dejando a Agustín aliviado y emocionado. Y también se encontraba ese tal Ignacio, un policía quien aparentemente ayudó a mi madre a sobrevivir.
Sin embargo, no hubo tiempo de contar lo que había sucedido en el lapso de tiempo que estuvimos separados puesto que Martín tenía una noticia que darnos.
—Cuando estuvimos cerca de la ciudad, los caminantes estaban comenzando a agruparse —explicó.
Nos encontrábamos reunidos en la gran cabaña, haciendo una ronda que permitía observar el rostro de todos.
— ¿Estás hablando de una horda? —le preguntó Sofía, sorprendida.
—Eso puede ser un gran problema —mencionó Agustín.
— ¿Hacia dónde se dirigía exactamente? —le preguntó Graciela.
—Hacia esta dirección, por eso tuvimos que apresurar nuestro regreso —explicó José.
—Igual el campamento está asegurado por el bosque que lo rodea, así que solo entraría una parte de esa "horda" —explicó mi madre.
—Tenemos que prepararnos en caso de que nos invadan —señaló Martín.
— ¿Y qué vamos a hacer entonces? —le preguntó Sofía.
—Vigilar el perímetro y resistir —respondió.
Sofía lo observó con disgusto, insatisfecha por su respuesta. No sonaba como un buen plan, pero era lo que teníamos.
Luego de un breve discurso de Martín con respecto a las formas de defendernos, nos dispersamos para darnos tiempo de hablar entre nosotros.
Primeramente me dirigí con mi madre, quería preguntarle cómo fue capaz de sobrevivir.
— ¿Cómo estás? —le pregunté, sentándome a su lado.
—He tenido días mejores —respondió, sonriendo. —Lo único que me mantenía con vida era mi necesidad de encontrarte —explicó, observándome a los ojos.
— ¿Cómo sobreviviste todo este tiempo? —le pregunté.
—Nada especial: luego de oír las noticias, inmediatamente me preparé para venir a buscarte. Tuve algunos problemas en el camino, pero no fueron capaces de detenerme —explicó.
— ¿Qué clase de problemas? —le pregunté.
—Bueno, zombis y algunas personas que se volvieron locas. Pero gracias a Ignacio y a Martín logré salir adelante —respondió, esbozando una suave sonrisa.
También sonreí, dándole nuevamente un abrazo.
— ¿Y vos qué contás? —me preguntó ella.
Le conté sobre lo que había pasado estas semanas: desde mis nuevas amistades hasta lo sucedido con el resto de campistas. Ella me felicitó por haber dejado atrás mi soledad, pero también se lamentó por la pérdida de mis compañeros.
Dejé a mi madre sola por unos momentos para ir a hablar con Agustín, pues quería saber cómo se encontraba. Caminé hacia la cocina, encontrándolo instante mientras hablaba con Martín.
Dudé por un segundo si interrumpir o no, pero finalmente me decanté por escuchar la conversación.
—Las cosas han estado mucho peor allá afuera —decía Martín.
—Perdimos a la mayoría de nuestros campistas, Martín —respondió Agustín, notándose afectado por sus palabras.
—Ya sé, por eso no quiero dejarlos solos nunca más —dijo, apoyándole la mano en el hombro. —A partir de ahora voy a preocuparme por el bienestar de los que quedamos —mencionó, esbozando una suave sonrisa.
—No pude ser un buen líder... —murmuró Agustín, apenado.
—Tampoco Fabiana, pero yo creo que vos podés serlo algún día, solo necesitás de alguien que te enseñe —explicó.
Agustín esbozó una suave sonrisa para luego observarlo a los ojos. Ambos se despidieron con un abrazo, y Agustín se dio la vuelta para encontrarse conmigo.
—Alexis —sonrió, acercándose a mí. — ¿Querés ir afuera? —propuso, agarrándome de la mano. Asentí, y luego él me llevó para salir de la cabaña.
Cuando salimos, observé a Sofía, a Cecilia y a Camila sentadas en una de las mesas de madera, mientras Graciela parecía platicarles algo y Mario afilaba su machete como solía hacer todos los días. No había rastro ni de Facundo ni de su amigo.
Por su parte, José se encontraba hablando con Fabiana. Parecía estar consolándola debido a todo lo sucedido, pues ella se había comportado de una forma bastante frágil cuando sucedió todo.
— ¡Alexis! —me llamó Cecilia, levantando la mano emocionada para indicar que me acercara.
Dudé de si hacerlo, hasta que vi que Sofía también me hacía señas.
—Hola —saludé a las tres una vez me acerqué.
—Estábamos hablando del plan de Martín, y Sofía no está de acuerdo —explicó Camila.
—Yo sí estoy de acuerdo, me parece sencillo pero puede ser efectivo —mencionó Agustín, observando a Sofía.
—A mí me parece muy simplista, deberíamos reforzar las cabañas y poner trampas por los alrededores —ideó Sofía, cruzándose de brazos.
—Es un buen plan, tendrías que decírselo a Martín —mencionó Cecilia, esbozando una suave sonrisa.
—Creo que tengo alambre de púas en mi casa, eso podría funcionar —dijo Graciela, observando a Sofía con una sonrisa coqueta.
—Yo creo que Martín hace lo mejor para nosotros, no sabemos cuánto tardará la horda en llegar —mencionó Agustín, cruzándose de brazos.
—Y por esa razón deberíamos apresurarnos, ¿no te parece, Sofí? —dijo Cecilia, observando a Sofía en busca de una afirmación.
Sofía mantuvo el silencio y me observó, como si esperara que yo diera mi opinión.
—Creo que tenés razón —dije finalmente, pues de verdad su plan me parecía buena idea.
— ¡¿Viste?, Alexis también te apoya! —exclamó Cecilia, emocionada.
—Te apoyamos si querés decirle a Martín tu plan —dije, algo nervioso pues sabía que Agustín confiaba mucho en Martín. Y no quería que se enojara conmigo.
Sofía mantuvo el silencio por unos breves segundos, hasta que finalmente se levantó de la mesa y le pidió a Cecilia que la acompañara.
—Parece una chica bastante lista, ¿no te parece, Mario? —comentó Graciela una vez que Sofía se fue.
—Se parece a vos: inteligente, fuerte e hinchapelotas, ja —mencionó Mario, riendo de su propio chiste.
Graciela esbozó una sonrisa condescendiente, para luego levantarse de la mesa e irse.
— ¿En serio no te gusta el plan de Martín? —me preguntó Agustín.
—Siendo sincero, no es que sea un plan sino es que le faltan detalles como los que dijo Sofía —expliqué, intentando sonar lo menos rudo posible.
—Tenés razón... —suspiró. —Es que le debo demasiado a Martín, y a veces olvido que se equivoca —explicó, bajando la mirada apenado.
—No te preocupes, te entiendo —asentí, acariciando su mejilla.
Al cabo de unos minutos, Sofía regresó con nosotros con buenas noticias:
— ¡Prepárense porque vamos a poner trampas! —exclamó, emocionada.
— ¿Le gustó tu idea? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí —respondió, haciendo un extraño baile con las manos como gesto de victoria.
—Bueno, ¿y cómo vamos a hacer para crear trampas? —le preguntó Camila.
—Podemos cavar pozos o usar el alambre de púas que dijo Graciela —respondió Sofía.
—Estaría encantada de ayudar, pero tendríamos que ir a mi casa para buscarlo. No está lejos, pero puede haber peligros —mencionó Graciela, sonriendo de forma coqueta.
—Yo haré los pozos, pero necesito un par de hombres que me ayuden —dijo Mario, levantándose del asiento.
—Las mujeres también somos fuertes, querido —mencionó Graciela, sonriendo de forma condescendiente.
—Ja, eso dicen las feministas. Ya quisiera ver yo a alguna de ustedes hacer los pozos —mencionó, riendo de su propio chiste mientras esbozaba una sonrisa arrogante.
Las chicas lo observaron con disgusto, para finalmente ignorar su comentario.
—Antes de hacer los pozos, necesitamos hacer un estudio de la zona para encontrar buenos lugares donde hacerlos —dijo Sofía, observando a su alrededor.
— ¿Por qué no hacés eso mientras yo y Graciela vamos a buscar el alambre? —propuso Cecilia, con una suave sonrisa.
Sofía asintió, para luego observarme.
— ¿Qué opinás, tenés otra idea? —me preguntó.
Mantuve el silencio por unos segundos, con la esperanza de que se me ocurriera algo.
— ¿Y si ponemos pinchos de madera en los pozos? —propuse finalmente, aunque no estaba seguro de aquella idea.
—Puede ser, también nos serviría como armas —mencionó Camila, observando a Sofía.
Ella asintió y continuó organizando su plan hasta conseguir algo más sólido.
Pasó aproximadamente una semana, sin rastro de la horda o alguna otra amenaza. Habíamos logrado reforzar el perímetro del campamento con diferentes trampas, además de haber mejorado nuestra capacidad para defendernos de los zombis. Nos estábamos convirtiendo en verdaderos supervivientes, y eso que ni siquiera habíamos salido del campamento.
Una noche desperté de la nada, encontrándome a mí mismo abrazado a Agustín. Él roncaba con fuerza, al igual que Facundo y su amigo. No habíamos roto los equipos para cada cabaña, cosa que aún me sorprendía.
Decidí soltarme del agarre de Agustín y salir afuera a tomar un poco de aire, sorprendiéndome al encontrarme con mi madre charlar con Ignacio.
—Deberías decírselo, es su padre después de todo —se encontraba diciendo él, haciendo que me detenga a lo lejos para escuchar lo que decían.
—Sí, tenés razón —asintió mi madre, quien parecía algo apenada y nerviosa.
—Merece saber —dijo Ignacio.
—Se lo voy a decir mañana —dijo mi madre.
Ignacio le felicitó con una sonrisa y ambos se despidieron, para luego mi madre darse media vuelta y quedarse ahí un rato más.
Dudé por un momento de si irme a dormir o acercarme a ella, hasta que de repente dos siluetas salieron de entre los árboles. Mi madre reaccionó rápidamente, y yo salí de mi escondite para defenderla.
Sin embargo, no era necesario preocuparnos, pues aquellas dos siluetas eran dos rostros conocidos: era la parejita feliz, que solían besuquearse en cualquier parte del campamento. Al parecer, habían tenido la fortuna de haber sobrevivido cuando los demás se convirtieron, pero se habían perdido durante dos semanas.
— ¡Ustedes! —los llamé, sorprendido, pero a la vez aliviado por encontrarlos. —Se perdieron durante dos semanas, ¿qué les pasó? —les pregunté, curioso.
Los dos se miraron mutuamente, parecían asustados.
— ¡Ellos ya vienen! —exclamó la chica.
—Disculpá, ¿qué es lo que viene? —preguntó mi madre, confundida.
—Los zombis se agruparon, es como una horda enorme —explicó el chico.
—Por eso nos regresamos... —explicó la chica.
Mi madre y yo nos observamos mutuamente, estábamos confundidos pero a la vez nerviosos y asustados. La horda que tanto estábamos esperando aparentemente estaba cerca, y esta joven pareja parecía haberla presenciado. De una u otra forma teníamos que estar preparados.

Capítulo 5: El RomanceEditar

Julieta y Gabriel llevaban un año gustándose mutuamente, hasta que decidieron que era hora de hacerlo oficial cuando llegaron al campamento. Y como toda nueva pareja, solían pasar la mayor parte del tiempo juntos mientras se daban mimos y besos.
Julieta no solía socializar con ninguna de las chicas, como Sofía, Cecilia o Camila. Lo mismo aplicaba para Gabriel, pues Facundo y sus amigos tampoco eran chicos tan abiertos y maduros.
Cuando Sofía, Cecilia y yo nos fuimos de regreso a las cabañas, unos zombis aparecieron de la nada y atacaron a todos los campistas, logrando convertirlos en muertos vivientes. Solo ellos lograron huir del ataque, ocultándose en el bosque.
Pasaron una semana perdidos, sobreviviendo únicamente gracias a su amor y su calor, hasta que finalmente lograron dar con lo que parecía ser un pequeño pueblo del que aparentemente nadie sabía de su existencia.
Allí lograron sobrevivir por más tiempo, hasta que se vieron obligados a huir debido a una nueva amenaza que ya todos conocíamos, pero que la mayoría no había visto. Ellos fueron de los afortunados, o desafortunados, en verla.
Y finalmente se encontraban frente a todos nosotros, relatando su historia de amor y supervivencia mientras nosotros nos aliviábamos de que al menos alguien más estaba vivo. Y a su vez comentábamos nuestra opinión entre nosotros.
— ¿Qué te parece? —le pregunté a Sofía, mientras ella observaba a Fabiana darles algo de comer a la parejita.
—Quisiera saber si se encontraron con más supervivientes, dudo mucho que seamos los únicos que se deben enfrentar a la amenaza de la horda —mencionó, cruzándose de brazos.
—Preguntales, boluda —propuso Cecilia, quien se encontraba sentada a su lado.
—Deberíamos buscar más supervivientes, mientras más seamos mejor, ¿no? —dijo Agustín, sonriendo.
—Puede ser algo bueno o malo dependiendo de a quién encontremos —mencionó Sofía.
—Sí, imaginate que nos encontramos a un asesino o violador —señaló Cecilia.
—Ese es el problema: no sabemos qué clase de personas sobrevivió al apocalipsis —explicó, mordiéndose las uñas.
—No perdemos nada con preguntarles —mencioné, cruzándome de brazos.
—Tenés razón —asintió Camila.
Sofía observó a la pareja desde lejos, con un rostro de confusión y sospecha.
De repente comenzaron a oírse disparos de escopeta, mientras Martín entraba apresurada a la cabaña para avisarnos con desesperación que los zombis ya estaban entrando al campamento.
Todos nos observamos a los ojos, preguntándonos si estábamos preparados.
— ¡Todos agarren sus armas! —ordenó Martín, mientras se acercaba a Fabiana y a la pareja para preguntarles si podrían defenderse.
—Nosotros podemos —asintió el chico.
—Lo intentaré —dijo Fabiana, algo insegura.
Rápidamente Agustín, Cecilia, Sofía y yo agarramos nuestras armas y nos acercamos a la ventana para observar lo que acontecía en el exterior. No eran más que unos pocos zombis, que estaban siendo fácilmente vencidos por Graciela y Mario, quienes obtenían ayuda de Ignacio con su pistola y mi madre con su cuchillo de cocina.
—No parecen ser un gran problema —comenté, observando a Agustín.
—Sí, pero pronto van a venir más —mencionó Sofía, observando con atención.
—Si son muchos podemos hacer lo que hicimos la otra vez, llevarlos a un lugar para encerrarlos —propuso Cecilia, sonriendo.
Sofía asintió, para luego salir al exterior siendo seguida por el resto. Los demás ya habían acabado con los pocos caminantes que habían aparecido, pero aún teníamos la sospecha de que iban a aparecer más.
Mi madre se acercó a mí, pareciendo dispuesta a decirme algo.
— ¿Qué pasó? —le pregunté al notar que no me hablaba.
—Procuren estar alerta, no sabemos cuándo llegarán más de estas cosas... —dijo retrocediendo, mientras nos observaba a todos con seriedad.
De alguna forma tuve la sospecha de que eso no era lo que me quería decir, pero aún así no le presté mucha atención.
—Che, ¿y si les ponemos un nombre gracioso a los zombis? —propuso Cecilia, sonriendo.
— ¿A qué te referís? —le preguntó Agustín, confundido.
—En The Walking Dead le dicen "caminantes" a los zombis —señaló.
—Muy cliché, sabemos que son zombis así que no tenemos la necesidad de llamarlos por otro nombre —mencionó Sofía, caminando en círculos.
—Tenés razón, siempre me pareció estúpido que en las historias de zombis la gente nunca sepa lo que son —mencioné, cruzándome de brazos.
—Tal vez sea para darle cierto toque de supervivencia, al tener que enfrentar a los personajes a algo que no conocen —dijo Cecilia.
—Para eso podrían utilizar otro tipo de criaturas, porque los zombis son aburridos —mencionó Sofía, observándola.
—Espero que los zombis no te escuchen... —bromeó Cecilia con una sonrisa.
Las horas pasaron y no hubo rastro de ningún otro zombi. Intentábamos no ser consumidos por los nervios y la ansiedad mientras nos reuníamos alrededor de la fogata. No lo decíamos, pero podíamos notar cierto miedo a que los zombis nos invadieran finalmente. Habíamos trabajado mucho tiempo para defendernos.
No estábamos en silencio, sin embargo. Me encontraba sentado junto a Agustín; Cecilia, Camila y Sofía hablaban entre ellas como de costumbre, mientras Graciela se quejaba de la forma maleducada en que comía la carne; a su vez, Facundo y su amigo se encontraban cerca del fuego, mientras el primero no paraba de mirar a Sofía en silencio.
Algo curioso de estos era que se habían vuelto bastante silenciosos y solitarios luego de la muerte de su amigo a manos de la chica llamada Valentina. Supuse que aún seguían en duelo, y por un momento me pregunté si debía hablarles para saber como estaban pese a no ser de mi agrado. Eso es algo que haría Agustín, aunque él ya lo intentó y Facundo simplemente lo rechazó.
Martín se acercó a nosotros, preguntándonos si estaba todo bien, mientras mi madre e Ignacio habían decidido patrullar por los alrededores.
—Che, hay mucho silencio —dijo Cecilia finalmente, rompiendo con el silencio del que ella se quejaba.
—No tenemos nada que decir —mencionó Sofía, cruzándose de brazos.
— ¿Y si jugamos verdad o reto? —propuso Cecilia, esbozando una sonrisa mientras nos observaba.
Luego de un breve lapso de duda, todos aceptamos. Creíamos que un juego podría calmar nuestros nervios y hacer más llevadera la noche.
—Yo también juego —dijo Martín, sentándose junto a Agustín.
—Yo empiezo —dijo Cecilia, para luego observarnos a todos y señalar finalmente a alguien: a mí.
—Verdad... —respondí, casi murmurándolo.
— ¿Ya te cogiste a Agustín? —preguntó, esbozando una sonrisa pícara en su rostro.
Sofía rápidamente reaccionó, dándole un golpe en el muslo para reprenderla, mientras yo tapaba mi rostro debido a la vergüenza.
Observé de reojo a Agustín, mientras él se reía de mi reacción.
—No —finalmente respondí, casi susurrando la respuesta.
— ¡¿Es en serio?! —me preguntó Cecilia, sorprendida.
—Bueno, te toca a vos —intervino Sofía, sacándome de esta horrible situación.
—Verdad o reto —señalé a Cecilia, como un intento de venganza.
—No podés señalar al que te señaló antes —mencionó ella, negando con el dedo.
—Mierda... —murmuré, para luego observar a los demás en busca de alguien a quien señalar.
Finalmente señalé a Agustín, también deseando humillarlo por reírse de mi humillación.
—Reto —respondió él, esbozando una sonrisa.
Mantuve el silencio por un breve lapso luego de oír su respuesta, pensando en algún reto que fuese lo suficientemente divertido.
—Sacate toda la ropa —dije finalmente, esbozando una sonrisa pícara.
—Ese reto me gusta —comentó Cecilia, sonando emocionada.
Agustín sonrió, para luego comenzar a sacarse la camisa.
Sin embargo, fue interrumpido por un aviso de mi madre: más zombis estaban llegando al campamento.
Por un momento me decepcioné al no poder continuar el juego, pero rápidamente me levanté de mi asiento y sostuve mi navaja para defenderme del ataque.
—Manténganse alertas —ordenó Martín, corriendo hacia nosotros.
—Venían desde el bosque, Ignacio y yo los vimos —explicó mi madre.
—Creo que tenemos que empezar a colocar más trampas —mencionó Sofía, mientras sostenía una barra de hierro.
—Tonterías, hemos enfrentado a más caminantes de los que pueden llegar —dijo Mario, ya estando preparado para usar sus dos machetes.
Mientras estábamos atentos a la llegada de los zombis, observé a mi alrededor notando la ausencia de Julieta y Gabriel, quienes al igual que José y Fabiana, no se encontraban con nosotros.
— ¿Dónde estarán los otros? —le pregunté a Martín.
—No sé, pero deberíamos ir a buscarlos —sugerí.
Observé a Agustín y a Sofía, pidiéndoles que me acompañen, pero Cecilia y Camila también insistieron en acompañarme, así que los cinco nos dirigimos a la gran cabaña para ver se ahí se encontraban.
Desafortunadamente no estaban allí, así que rápidamente nos dividimos en dos grupos: mientras Camila y Cecilia revisaban el resto de cabañas, Sofía, Agustín y yo nos dirigíamos hacia el sendero para averiguar si alguno había caminado por ahí.
Al cabo de unos minutos logramos encontrarlos, pero llevándonos una sorpresa en el proceso: Julieta se encontraba sosteniendo un walkie-talkie mientras parecían hablar con alguien a través de él.
No habían notado nuestra presencia hasta que Agustín los llamó.
— ¿Qué están haciendo? —les preguntó.
Ambos nos observaron perplejos, quedándose completamente inmóviles.
— ¿Con quién están hablando? —les preguntó Sofía, mientras nos acercábamos más a ellos.
Una voz comenzó a hablar a través del radio, preguntándoles a la pareja si estaban en compañía de alguien más.
— ¡Por favor, ellos no son peligrosos, venga a rescatarnos! —pidió la chica, casi con lágrimas en los ojos, para luego cortar la trasmisión repentinamente.
—Respondan las preguntas, ¡¿con quién hablaban?! —les preguntó Sofía, esta vez insistiendo con más agresión.
La pareja se miró a los ojos mutuamente, para luego la chica acercarse a nosotros dispuesta a responder la pregunta: cuando estaban perdidos en el pueblo, se encontraron con un grupo de militares que les prometió protegerlos y enseñarles a sobrevivir, pero a cambio debían contarles todo lo que habían vivido.
Sin embargo, al pasar los días, la pareja comenzó a notar ciertas actitudes en los militares que no eran de fiar. Pero todo culminó cuando su líder habló sobre el responsable de causar la plaga zombi.
Gabriel intentó confrontarlo, pero todo resultó en una pelea y Julieta acabó por asesinar a su líder para defender a su novio. Los demás miembros los descubrieron, pero les prometieron que no los matarían si les traían más gente. En ese momento fue cuando la pareja se vio obligada a volver al campamento, con la esperanza de que hayamos sobrevivido...
— ¡Así que nos mintieron! —exclamó Sofía, completamente enojada.
—No pretendíamos lastimarlos, es que era la única forma... —explicó Julieta entre lágrimas.
— ¿Y ahora qué vamos a hacer? —pregunté, confundido.
—Ellos no los matarán si lo obedecen... —explicó ella.
Los tres nos observamos mutuamente, preguntándonos qué deberíamos hacer a continuación.
—Tenemos que contarle esto a los demás —dijo Agustín, luego de un breve lapso de silencio.
Sofía y yo asentimos, para luego darnos la vuelta y volver por el sendero.
Sin embargo, de repente unos cuantos zombis salieron de la nada, tomando por sorpresa a la pareja quienes se intentaron defender con lo poco que tenían.
Mientras corríamos a ayudarlos, un zombi tomó por sorpresa a Gabriel y lo mordió en el cuello frente a una desconsolada Julieta. Ella intentó ayudarlo, pero otro zombi ya había alcanzado el brazo de su novio. Estaba siendo devorado vivo.
Sofía tomó a Julieta del brazo y, pese a su forcejeo, logró llevarla con ella y alejarla de los muertos que se encontraban comiendo la carne de su novio.
Mientras caminábamos de regreso, Julieta lloraba desconsoladamente mientras yo me preguntaba si los zombis ya habían alcanzado a los demás. Y si estaban logrando defenderse...

No solía contar mucho sobre lo que los demás hacían mientras yo no estaba presente, pero esta era una ocasión especial.
Cecilia y Camila habían decidido investigar las demás cabañas y finalmente habían llegado a la cabaña de las duchas, aquella cabaña que habíamos usado para retener a los campistas que se habían convertido en zombis.
— ¿No te sentís rara al estar acá? —le preguntó Camila a Cecilia, antes de entrar a la cabaña.
—Un poco, sí —respondió Cecilia, esbozando una sonrisa condescendiente para luego acercarse a ella y posar la mano en su hombro: —No tengas miedo en llorar un poco, hace bien para la salud —dijo a modo de consuelo.
— ¿Y vos lloraste por ellos? —le preguntó, curiosa.
—Un poco, nomás —respondió, regresándose a la entrada de la cabaña. —No tuve mucho tiempo para conocerlos, pero siempre es triste una pérdida —explicó, para luego observar a Camila con una suave sonrisa.
Camila la observó con curiosidad, para luego escuchar los pasos de alguien más: Facundo y su amigo se habían acercado a ellas, preguntándoles por qué tardaban tanto.
—Estábamos buscando a los demás —explicó Cecilia, aun manteniendo su sonrisa.
— ¿Y ustedes? —les preguntó Camila.
—Facundo quería saber si Sofía estaba bien —respondió su amigo.
— ¡Callate, Darío, si no sabés nada! —reprendió Facundo a su amigo, claramente molesto y notándose un poco avergonzado.
Cecilia alzó las cejas, para luego ignorarlos y disponerse a entrar a la cabaña. Sin embargo, cuando estuvo a punto de hacerlo, Fabiana salió repentinamente del interior de la cabaña, luciendo completamente molesta.
— ¿Qué pasó? —le preguntó Camila, preocupada.
José salió detrás de ella, luciendo un rostro completamente arrepentido mientras le suplicaba a Fabiana que la perdone.
— ¡Sos un reverendo pelotudo, José! —explicó ella, yéndose rápidamente hacia otro lado mientras José intentaba seguirla.
— ¿Qué le hiciste? —le preguntó Cecilia a José, interrumpiendo su intento de seguimiento.
— ¡Nada, solo quería consolarla porque se sentía muy mal! —explicó, notándose nervioso.
Cecilia y Camila observaron al hombre con sospecha, para luego pedirle a Facundo y a su amigo que lo vigilen mientras ellas iban a preguntarle a Fabiana qué había pasado.
— ¡Es un imbécil que no entiende que un no es no! —respondió una enojada Fabiana una vez las chicas la habían alcanzado.
— ¿Te hizo algo? —le preguntó Camila, confundida.
—A veces los hombres piensan que en nuestro mayor momento de debilidad pueden aprovecharse de nosotras —mencionó Cecilia, acercándose a Fabiana para apoyar la mano en su hombro.
—Sí, tenés razón. Son todos unos idiotas —dijo Fabiana, completamente consumida por la ira.
— ¿Es eso lo que pasó? —le preguntó, esbozando una sonrisa comprensiva.
Fabiana asintió en silencio, mientras intentaba respirar con calma.
Sin embargo, no tuvieron tiempo de seguir con el consuelo puesto que Martín anunció la llegada de los zombis. Y esta vez eran más de los que habían llegado en la mañana, así que Cecilia y Camila se prepararon rápidamente para luchar.

Capítulo 6: El ExtrañoEditar

Cuando regresamos con los demás, nos encontramos con la sorpresa de que varios zombis ya se encontraban atacando el campamento alrededor de la fogata. Martín le ordenaba a los otros encontrar a la cabaña principal para refugiarse, mientras Mario, Graciela, Ignacio y mi madre intentaban por todos los medios detener a los zombis que se acercaban a ellos.
Rápidamente nos unimos a la batalla, y mientras Sofía se llevaba a Julieta hacia un refugio, yo me unía a mi madre para ayudarla a sacarse los zombis de encima.
— ¿Estás bien? —le pregunté, mientras ella forcejeaba con un zombi hasta finalmente clavarle su cuchillo en el cráneo.
— ¡Andá para dentro! —me ordenó, preocupada.
Confundido y decepcionado, me dirigí hacia la cabaña tratando de que ningún zombi me atrapara. Y cuando finalmente estuve con los demás, observé a los otros defenderse de los zombis con ferocidad: Mario clavaba sus machetes en las cabezas, mientras Graciela se encontraba más a lo lejos disparando con tranquilidad a aquellos que suponían un mayor problema. Mi madre e Ignacio también ayudaban, éste último aprovechando su habilidad con la pistola, mientras mi madre le cubría la espalda. Formaban un buen equipo, mientras Martín intentaba apoyar desde otro lado.
—No deberíamos estar acá —dijo Facundo, quien se encontraba al lado de su amigo mientras observaban a los demás luchando contra los zombis.
Todos lo observamos, notando la molestia en su rostro.
—Tiene razón, tenemos que ayudar en todo lo que sea necesario —asintió Agustín.
—Pero salir puede ser peligroso —intervino José.
—Peligroso es estar contigo —comentó Fabiana, observándolo con el rostro fruncido.
—Mi madre está afuera —mencioné, acercándome a José para suplicarle.
— ¡Martín está afuera! —también intervino Agustín.
—Tranquilos, chicos, tenemos que encontrar una manera de arreglar este problema —dijo Cecilia, acercándose a José para luego esbozar una sonrisa y observar a Fabiana.
— ¿Y vos no tendrás una? —le preguntó Facundo con ferocidad.
Cecilia se limitó a esbozar una sonrisa, para luego asentir.
— ¿Se acuerdan de lo que hicimos la otra vez, cuando todos se habían convertido y los encerramos en las duchas? —preguntó.
— ¿Querés que los atraigamos con algún ruido? —cuestionó Facundo.
—Puede funcionar, los zombis siempre son atraídos por el ruido —asentí, observando a Cecilia.
—Che, ¿qué le pasa a Juli? —preguntó Camila, interrumpiendo la discusión, acercándose a mí al notar que la chica estaba llorando.
—Ella nos engañó a todos —respondió Sofía con un tono severo, mientras se mordía las uñas.
— ¿Qué pasó? —preguntó Facundo, extrañamente interesado.
—Que ella te cuente —dijo Sofía, observando a la joven que aún seguía llorando.
Sin embargo, cuando ella estaba a punto de hablar, varios zombis lograron acercarse lo suficiente hacia la cabaña como para intentar entrar. José y Agustín reaccionaron a tiempo para evitar que lo hagan, mientras los demás intentábamos buscar algo en que ayudar.
Sofía, por su parte, intentaba sacar respuestas de lo que habíamos descubierto antes de que el novio de Julieta haya sido devorado por aquellos zombis. Por algún motivo, parecía más concentrada en eso que en intentar deshacerse de los zombis que nos rodeaban.
— ¡No podemos dejar a los demás afuera! —exclamó Camila, preocupada.
Rápidamente me acerqué a la ventana, descubriendo que mi madre, Martín, Graciela y Mario ya no se encontraban allí. Por algún extraño motivo, recé con todas mis fuerzas con la esperanza de no ver sus cuerpos sin vida en el suelo.
—Parece que no están... —dijo Agustín, reflejando su preocupación en su rostro.
— ¿Cómo que no están? —le preguntó José, confundido.
—Seguramente huyeron hacia el bosque, muchos zombis suponen un problema —explicó Cecilia.
— ¡Tenemos que ir a buscarlos! —exclamó Camila, preocupada.
—Ellos saben defenderse, primero tenemos que ocuparnos de nuestro problema —señaló.
— ¿Qué problema? —preguntó Facundo.
—Estamos atrapados y ellos están intentando entrar, pelotudo —respondió Sofía, señalando a los zombis.
—Tenemos que deshacernos de ellos llevándolos a otra parte —mencionó Cecilia, mientras nos observaba a todos con una suave sonrisa.
—La última vez que hicimos eso, alguien murió —intervino Facundo, observando con rabia a Cecilia mientras su amigo intentaba calmarlo.
— ¿No querías ayudar? —cuestionó Sofía, observándolo con disgusto.
—Juan no murió en vano, nos ayudó a retener a esos zombis... —dijo éste, observando con preocupación a su amigo.
—Entendemos claramente como te sentís, también me preocupa que mis padres hayan tenido su mismo destino: pero tenés que acordarte de ser fuerte, porque dudo mucho que a él le gustara que te rindieras —sonrió Cecilia, mientras se le acercaba para apoyar una mano en su hombro.
— ¡No me estoy rindiendo! —exclamó Facundo, quitándose bruscamente la mano de encima.
Cecilia lo observó con seriedad para luego susurrarle al oído algo que no alcancé a oír, mientras él observaba a Sofía con un rostro que parecía demostrar temor y confusión. Cuando se alejó, él finalmente aceptó su plan a pesar del claro disgusto que se notaba en su rostro.
— ¿Qué le dijiste? —le pregunté, confundido por el repentino comportamiento de Facundo.
Cecilia me sonrió con condescendencia, para luego dirigirse a Sofía.
—Muy bien, Sofi, sos buena armando planes: ¿cómo guiamos a los zombis hacia otro lado? —le preguntó.
Sofía observó el suelo por unos momentos, para luego observarnos a los demás.
—Repetimos la misma táctica, ¿no? —propuso, notándose algo insegura.
—Pero no podemos arriesgarnos, son más zombis que antes —mencionó Agustín.
—Piensen algo rápido antes de que terminemos siendo parte de sus filas —dijo José, notándose bastante apresurado.
— ¿Y qué hacés vos? —le preguntó Fabiana, molesta, mientras lo observaba recostarse en la ventana mientras agarraba su cuchillo.
—Intento cubrir las demás entradas —respondió, ignorando su agresividad.
—Es un buen plan, deberíamos hacer eso mientras Sofía piensa cómo desviar a los zombis de la cabaña —asentí, para luego acercarme a otra ventana para protegerla de la entrada de los zombis.
— ¿Y por qué no las tapamos con algo? —propuso Cecilia.
—Suena mejor —asintió Agustín.
—Usemos los muebles para tapar las ventanas —propuso Sofía.
Todos asentimos para rápidamente ayudar a mover los armarios, los sillones y las mesas, y de este modo lograr tapar algunas ventanas para que los zombis no lograsen romperlas y entrar.
— ¿Y qué hacemos ahora? —preguntó el amigo de Facundo luego de mover uno de los sillones.
—En The Walking Dead, los personajes se cubren su olor con la sangre de los zombis, de este modo pueden camuflarse y caminar entre ellos sin ser detectados —mencioné, caminando en círculos.
—No me gusta esa idea —negó Sofía con la cabeza.
— ¿Por qué? —le pregunté.
—No tiene mucha lógica y es arriesgada —explicó, cruzándose de brazos.
—Sí, como la de atraerlos con sonido —mencionó Facundo de forma sarcástica.
—Nadie quiere salir, lo entendemos, pero tenemos que hacer algo antes de que las paredes dejen de resistir —intervino José, intentando calmar la situación.
Nos quedamos en silencio por un momento, preguntándonos qué ideas podrían ayudarnos en esta situación. Decidí sentarme en una silla por mientras, a la vez que me preguntaba dónde y qué le había pasado a mi madre y a los demás, estaba más preocupado de lo quería admitir.
Y así pasamos un rato, hasta que el sonido de un disparo nos sorprendió a todos.
— ¿Qué fue eso? —pregunté.
— ¡Deben ser ellos! —exclamó Agustín, corriendo hacia las ventanas para ver al exterior.

Mientras nos encontrábamos encerrados en la cabaña, mi madre se encontraba corriendo por el bosque en compañía de Ignacio y Martín.
— ¡Mi hijo está atrapado en esa cabaña! —exclamó ella una vez se detuvieron.
—Tenemos que alejar a esos zombis de la cabaña si querés sacar a tu hijo de ahí —dijo Ignacio, apoyando su mano en el hombro de mi madre.
—Les atrae el sonido —intervino Martín, observando a mi madre.
— ¿Y qué hacemos entonces? —preguntó ella.
—Las armas hacen bastante ruido, pero tenemos que acercarnos a ellos —propuso Ignacio.
—El resto podemos escabullirnos para ayudar a los que están en la cabaña —agregó Martín.
— ¡Estén en silencio! —exclamó Mario entre susurros, apareciendo de la nada junto a su esposa mientras se escondía detrás de un árbol y preparaba su machete para atacar.
—Escóndanse —dijo Graciela, escondiéndose al igual que su marido.
Mi madre observó confundida a Ignacio, para luego hacerle caso a la mujer y esconderse detrás de uno de los árboles. Cuando todos estaban escondidos, comenzaron a escuchar los pasos y las voces de unos hombres que caminaban por ahí.
— ¿Vos pensás que el plan funcione? —preguntó uno de ellos, cuya voz parecía ser de alguien joven.
—Rocío necesita a esos adolescentes, así que más vale que sí. Además, nuestra arma secreta está diseñada para no fallar —respondió el otro, quien tenía una voz más grave a comparación.
— ¿Y por qué adolescentes? ¿Qué tienen de especial? —preguntó el mismo joven.
—Preguntale a ella, boludo, yo no tengo ni puta idea —respondió el hombre, molesto por las preguntas del joven.
—Ella quería encontrar una cura, ¿vos pensás que lo logre? —le preguntó el joven, curioso.
El hombre mantuvo el silencio, dejando al joven divagar sobre el asunto.
—Tal vez los adolescentes tengan la cura, no sé... —murmuró, dejando notar cierta melancolía en su voz.
—Trancá el culo y seguí caminando —respondió el hombre de forma agresiva.
El joven obedeció, y los dos siguieron caminando sin detectarlos, hasta que finalmente estuvieron lo suficientemente lejos como para permitirles comentar lo sucedido.
— ¿Quiénes eran ellos? —preguntó Ignacio, mientras mi madre alzaba la cabeza para ver si podía observar la cara de aquellos hombres.
—Creo que eran militares —respondió Graciela, mientras mi madre lograba visualizar al joven de cabello rubio que acompañaba al otro hombre, el cual era más mayor. Ambos tenían armas y uniforme militar.
—O pueden ser dos boludos que robaron eso de alguna parte —mencionó Martín.
—Tienen armas —comentó mi madre, observando a los demás.
— ¿Qué deberíamos hacer entonces? —preguntó Graciela, observando a su marido.
—No quiero quedarme quieto sin hacer nada —gruñó.
— ¿No escucharon lo que dijo el otro militar? —preguntó Martín, notándose algo indignado. — ¡Quieren secuestrar a los chiquilines! —exclamó, preocupado.
—No dejaremos que se los lleven, nosotros los vamos a rescatar primero —dijo mi madre, observando a Martín con determinación.
No perdieron más tiempo y rápidamente se dirigieron hacia las cabañas. Una vez estuvieron en la posición indicada, Ignacio y Graciela hicieron uso de sus armas para provocar un fuerte estruendo y así lograr atraer a los zombis hacia ellos.
Por el otro lado estaban Martín, Mario y mi madre, quienes iban directo hacia la cabaña para sacarnos de ahí.
— ¡Chicos! —nos llamó Martín una vez llegó a la ventana.
— ¿Dónde estaban? —le preguntó José a través de ella.
— ¡Tienen que salir de ahí rápido! —le ordenó.
José nos observó, para luego pedirle ayuda a Agustín y a Facundo para mover el sillón, mientras los zombis poco a poco se ponían más agresivos hasta el punto de ser capaces de romper la barricada.
— ¡¿Qué les está pasando?! —preguntó Camila, sorprendida.
Sofía rápidamente se acercó a Facundo, para ayudarlos a mover el sillón. Cuando finalmente lo sacaron de la ventana, José la abrió y nos ordenó salir uno por uno: Fabiana, Camila y Cecilia fueron las primeras en salir, cuando de repente apareció un zombi que no se parecía a los demás.
Este extraño zombi tenía la piel de color azul grisáceo, con unos ojos azules brillantes y completamente calvo. Tenía también una mayor musculatura, y vestía un uniforme similar al de una institución mental.
Este extraño zombi había roto la ventana, logrando así dejar pasar a los demás muertos vivientes. Sin embargo, otra de sus cualidades extrañas era su velocidad, no era lento como los demás así que rápidamente intentó atacar a Julieta quien estaba más cerca de él.
Sofía rápidamente intentó atravesar la cabeza de este con su cuchillo, descubriendo que su piel era más resistente que la de los demás y solo logrando paralizarlo por un breve momento.
— ¡Salgan de ahí! —exclamó Martín, desesperado.
Aprovechamos la parálisis del extraño zombi para dejar salir a los demás: ahora solo quedábamos José, Facundo, Agustín y yo cuando el zombi volvió a recobrar la movilidad.
— ¿Qué hacemos? —pregunté, sintiéndome asustado por primera vez con uno de los zombis.
—Lo voy a intentar distraer, ustedes aprovechen para salir —dijo José, acercándose rápidamente al zombi para clavarle su navaja de nuevo en la cabeza.
Sin embargo, esta vez el zombi reaccionó de forma violenta y golpeó a José hasta arrogarlo hacia un lado.
— ¡José! —Martín exclamó su nombre, para luego entrar rápidamente por la ventana.
— ¡Lo van a atrapar los demás zombis! —exclamó Cecilia desde afuera.
Martín rápidamente fue a socorrer a José, evitando así que los demás zombis pusieran sus manos en él. Por otro lado, Facundo y Agustín intentaban plantarle cara a este nuevo zombi, quien jugaba con unas reglas distintas.
— ¡No podemos dejar que se enfrenten a esa cosa ellos solos! —exclamó Sofía desde el exterior.
— ¡Alexis, vení acá rápido! —me ordenó mi madre, dejando caer toda su preocupación en su voz.
Yo me encontraba paralizado, observando cómo ese zombi se quedaba quieto. No se estaba comportando como un zombi normal, pues usualmente estos atacaban por cualquier motivo, pero este parecía estar analizando la situación.

Capítulo 7: La CapturaEditar

De un momento a otro nos encontrábamos en el bosque, intentando recapitular lo que nos había pasado. Era como si una enorme barrera hubiese bloqueado mi memoria, siendo que lo último que recordaba era estar cara a cara contra ese extraño zombi.
El color de su piel azul grisácea, sus ojos azules brillantes y su cabeza completamente calva. E incluso su comportamiento, atípico de cualquier zombi, me hacía temblar.
Observé a los demás, quienes se encontraban parados o reposando junto a los árboles. Todos en silencio, igual de cansados, confundidos, nerviosos y asustados que yo, pues nos encontrábamos rodeando a Martín para despedirnos de él.
Todo había pasado demasiado rápido, de un momento a otro aquel extraño zombi había desaparecido, dejando todo el trabajo al resto de la horda quienes no tardaron en abalanzarse encima de Martín y José.
Éste último estaba inconsciente, siendo imposible su traslado. Martín se vio obligado a dejarlo atrás y, una vez estuvo el exterior con el resto del grupo, pudo observar cómo los zombis se alimentaban de él.
Sin embargo, cuando llegamos a una zona segura en el bosque, él hizo noticia de su herida: había sido mordido en la muñeca por un zombi, y todos sabíamos lo que eso significaba.
—Si tan solo hubiese podido salvar al José antes de irme... —lamentó Martín, mientras se encontraba recostado en un árbol.
—Nadie podía hacer nada, era demasiado tarde —mencionó mi madre, observándolo con pena y arrepentimiento.
Quien se encontraba peor que todos era Agustín, quien no para de llorar mientras sostenía su mano.
— ¿Quieren dejar que se convierta o van a hacerlo rápido? —intervino Mario.
—Dejá que se despidan de él —dijo Graciela, desaprobando con su mirada la actitud de su esposo.
—Ese chiquilín mató a su amigo para evitar que se convirtiera sin rechistar —Mario señaló a Facundo, quien lo observó con una seria mirada.
—Creo que será mejor dejarlos solos —intervino mi madre, acercándose a mí para luego observar a Agustín.
—Alguien debería quedarse con él, para evitar que haga una locura —mencioné, bajando la voz para que Agustín no me escuchara.
—Vos y tus compañeros deberían hacerlo, estuvieron con él todo este tiempo —dijo, esbozando una suave sonrisa.
Asentí, para luego observar a Sofía en busca de aprobación.
—Nos quedamos —dijo ella, asintiendo con la cabeza.
—Nosotros vamos a revisar el perímetro —dijo Ignacio, observando a mi madre, para luego retirarse acompañado de Fabiana, Graciela y Mario.
Mi madre me dio unas últimas palabras de apoyo, para luego irse con el policía.
Una vez quedé solo con el resto, me acerqué a ellos para darle su debida despedida a Martín. No sabía qué decir o cómo expresarme, así que solo mantuve el silencio mientras Agustín decía ciertas palabras inspiradoras.
Sin embargo, mi cabeza no podía evitar seguir pensando en aquel zombi. Era como si lo que estaba sucediendo ahora no era nada en comparación a lo que había presenciado por mis propios ojos: un zombi rápido e inteligente, era casi como una pesadilla.
Cuando Martín finalmente cerró los ojos, Sofía y yo nos alejamos un poco para hablar sobre lo que había sucedido.
—Sigo pensando en aquel zombi —dije, observando a Martín quien todavía seguía respirando.
—Puede que el virus esté mutando, o puede que haya sido creado artificialmente —sugirió Sofía, también observando a Martín.
— ¿Sugieres que alguien lo creó, como un arma biológica? —le pregunté, sorprendido.
—En Resident Evil lo hacen todo el tiempo —mencionó, cruzándose de brazos.
Asentí, intentando no sonreír pues no era el momento adecuado para hacerlo.
El momento, sin embargo, no duró mucho pues de la nada comenzaron a salir varios militares, vestían uniformes verdes y portaban armas cuyo nombre no sabía. Y una vez lograron rodearnos, aquel quien estaba a cargo se hizo notar entre ellos.
—Van a venir con nosotros —dijo el hombre quien lideraba el grupo, era un hombre alto y musculoso de ojos oscuros cuya seria mirada lograba intimidarme.
— ¡¿Quiénes son ustedes?! —exclamó Sofía, igual de sorprendida que los demás.
—Haremos esto por las buenas o por las malas —dijo el hombre, ordenando a sus subordinados que nos apuntasen con sus armas.
— ¡¿Quién se creen que son?! —intervino Facundo, retando al hombre con la mirada.
— ¿Qué querés hacer con este chiquilín, Gonza, lo matamos? —preguntó uno de sus compañeros mientras apuntaba a Facundo con su arma.
— ¡La doctora los necesita vivos! —exclamó otro de sus compañeros, observando a su líder con preocupación. Éste poseía el pelo corto con un brillante rubio y una barba fina, lucía bastante atractivo y su uniforme ajustado dejaba ver sus músculos.
—Lo mejor será mantener la calma y obedecer —le murmuró Cecilia a Sofía, tocándole el hombro.
— ¡Facundo, calmate! —le ordenó Sofía, haciéndolo retroceder.
Miré hacia atrás en busca de Agustín, con la esperanza de que éste impusiera orden. Sin embargo, me sorprendí al notar que éste había desaparecido al igual que el moribundo Martín.
Volví a observar hacia adelante, esta vez bajando la mirada mientras era incapaz de contener mi decepción.
—No los vamos a matar, tenemos órdenes de llevarlos con vida —dijo su líder.
— ¿Y quién les da las órdenes? —preguntó Sofía, manteniendo su firmeza.
—Pronto lo sabrán —respondió, para luego darnos la orden de colocarnos en fila mientras él nos observaba uno por uno. —Así que vos sos la que mató a nuestro coronel —dijo una vez se detuvo a observar a Julieta.
Ésta mantuvo el silencio, mientras se podía notar cómo temblaba. El hombre siguió adelante hasta detenerse en Sofía.
— Vos estás a cargo, ¿no? —le preguntó.
Sofía negó con la cabeza.
—Lástima, se nota que sabés del tema —mencionó, esbozando una sonrisa.
De un momento a otro, nos habían obligado a caminar en fila mientras no sabíamos a dónde nos llevaban. A su vez, nos preguntábamos dónde estaban los demás, quienes se supone que habían ido a revisar el perímetro. Y Agustín, quien también había desaparecido.
— ¿Quiénes serán? —preguntó Camila entre susurros, mientras caminábamos.
—Militares nada amigables... —respondió Sofía de manera sarcástica.
—Deberíamos aprovechar cualquier oportunidad para escapar —murmuró Facundo.
—Solo si querés que te maten —respondió Sofía, manteniendo su tono sarcástico.
— ¿Y entonces qué hacemos? —preguntó el amigo de Facundo.
—Esperar y ver qué hacen con nosotros, tal vez sean buenos o nos lleven a un refugio —mencionó Cecilia, esbozando una suave sonrisa.
—No creo, en la mayoría de las pelis de zombis los militares tienen un rol antagónico. Casi siempre son un dolor de huevos para los protagonistas —explicó Sofía.
— ¡Cállense! —ordenó uno de los militares que nos acompañaba.
Nos observamos mutuamente, decidiendo mantener el silencio para que no nos hagan nada hasta que finalmente nos llevaron a lo que parecía ser su campamento. Estaba lleno de grandes tiendas de campaña, cajas con armas y municiones, y vehículos militares rodeaban el lugar para servir como límite y escudo.
Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era una enorme caja de metal que tenía escrita las palabras "Riesgo Biológico" por todos lados. Parecía emitir gruñidos y de vez en cuando se podían escuchar arañazos sobre el metal.
—Con esas armas nos podríamos defender —murmuró Facundo, sonriendo.
—Espero que los demás nos vengan a rescatar —dijo Camila, observando a Sofía.
—Agustín desapareció, y mi madre dudo que sepa dónde estamos —mencioné, cruzándome de brazos.
Observé a mi alrededor, con la esperanza de que los demás estuviesen a lo lejos esperando el momento justo para rescatarnos, pero sabía que eso era imposible.
— ¿Qué habrá en esa caja? —me preguntó Sofía, señalando la caja que anteriormente me había llamado la atención.
— ¿Vos pensás que estos militares tiene algo que ver con ese zombi que vimos? —le pregunté, curioso.
Sofía asintió levemente, para luego observar directo hacia el hombre que lideraba el grupo. Nos preguntábamos cuáles eran sus objetivos y por qué querían llevarnos con ellos.
Rápidamente nos ordenaron subir arriba de la parte trasera de dos camiones, dividiéndonos en dos grupos: Sofía, Cecilia, Julieta y Camila en uno, y Facundo, su amigo y yo en el otro.
— ¡Espere, señor! —se escuchó gritar a uno de los militares antes de que pudiésemos partir.
Cuando observamos qué era lo que estaba sucediendo, no pude evitar sorprenderme: Agustín también había sido capturado.
—Casi nos olvidamos de este —dijo el militar, esbozando una sonrisa cínica.
—Ponelo en el otro camión —le ordenó el hombre que estaba a cargo, para luego dar la orden de partir.
Cuando finalmente partimos, ya era demasiado tarde para que los demás nos pudiesen rescatar.
A su vez, tenía ganas de preguntarle a Agustín qué le había pasado y cómo lo capturaron, aunque supuse que se había escondido junto a Martín.
Ya nos encontrábamos casi en la ruta cuando decidí observar el paisaje, temiendo lo que podría sucederme en el futuro y temiendo que no volvería a ver a mi madre de nuevo.

Por otro lado, mi madre se encontraba junto a Ignacio, mientras observaba a Fabiana quien caminaba más adelante.
—Ella también debería haberse quedado con Martín —comentó mi madre mientras avanzaban.
—Ya hemos visto que algunas personas no aceptan la muerte tan fácil como otros —mencionó Ignacio.
—Olvidate, todavía me acuerdo del caos de los primeros días —suspiró mi madre.
—La gente estaba como loca, pero la mayoría lograron adaptarse rápido —dijo Ignacio.
—Sí, la gente no es tan tonta como en las películas —mencionó mi madre, cruzándose de brazos.
—No sabía que mirabas pelis de zombis —dijo Ignacio, esbozando una sonrisa.
—A mi hijo le encantaban, siempre las veía conmigo mientras yo me moría del asco —explicó, sonriendo mientras observaba a la nada. —Me arrepiento de haber dejado de hacerlo... —agregó, apenada.
— ¿Por qué? —le preguntó Ignacio, curioso.
—Ay, ya sabés, el divorcio —respondió mi madre, sin querer dar más explicaciones.
— ¡Escóndanse! —exclamó Mario, apareciendo de la nada para luego agacharse detrás de un árbol.
Ignacio y mi madre obedecieron, pues ambos sabían que Mario solía hacer eso cuando había una amenaza cerca.
— ¿Qué pasó? —le preguntó Ignacio, susurrando.
— ¿Y Graciela? —le preguntó mi madre.
—Ella está bien, pero tenemos que escondernos antes de que esos militares nos encuentren —explicó Mario, mientras prepara sus machetes para un posible ataque.
—Pará, ¿y los chiquilines? —le preguntó Fabiana.
— ¡Tenemos que ir a buscarlos! —exclamó mi madre, para luego escabullirse entre los árboles.
Los demás la siguieron, caminando rápidamente con cautela para que nadie los atrapara. Y luego de unos minutos, llegaron finalmente a donde se encontraban los chicos despidiéndose de Martín.
Sin embargo, nadie estaba allí, ni siquiera Martín...
— ¿Dónde están? —preguntó mi madre, poniéndose nerviosa.
—Tampoco está Martín... —observó Fabiana.
—No hay rastros de lucha ni sangre —indicó Ignacio.
De repente, Graciela salió desde unos árboles para señalar un lugar en donde había encontrado algo. Los demás la siguieron hasta dar con Martín, quien se encontraba en un estado casi moribundo, respirando con dificultad mientras aún le quedaba cierta vitalidad.
— ¿Dónde está Alexis? —le preguntó mi madre al verlo.
—Se los llevaron... —respondió Martín.
— ¿Quiénes? —preguntó Fabiana, sorprendida.
—Los militares —respondió Graciela, observándolos con seriedad, mientras Martín finalmente cerraba los ojos para siempre.
Mario rápidamente se hizo cargo de evitar su reanimación utilizando su machete para clavárselo en la cabeza, mientras una sorprendida Fabiana lloraba en silencio parada a su lado.
Mi madre no pudo abrir más los ojos y la boca cuando observó a Martín, mientras dejaba caer una lágrima por su mejilla. Poco a poco sintió que su respiración se reducía, hasta que finalmente Ignacio tocó su hombro.
— ¿Estás bien? —le preguntó.
Mi madre lo observó con determinación, para luego pronunciar unas palabras:
—Lo encontré una vez, lo volveré a hacer —dijo, comenzando a caminar hacia un rumbo que ni ella conocía.
Los demás la siguieron, confundidos sobre lo que ella iba a hacer. Sin embargo, también tenían su mismo objetivo: encontrarnos.
Luego de un rato caminando, llegaron a lo que quedaba del campamento. Al parecer la horda ya se había ido, y solo quedaban unos pocos zombis que habían sido asesinados rápidamente por Graciela y Mario al llegar.
Mi madre se detuvo en el centro de todo, para observar a su alrededor. No era la primera vez que tenía que servir como líder, pero esta vez estaba dispuesta a hacer algo muchísimo más grande.
Como en las películas y series que solía ver, mi madre tuvo la idea de crear su propia comunidad o al menos algo parecido. No sin antes observar a los demás en busca de aprobación, quienes asintieron seguros de que podrían hacer un buen trabajo.

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